Un pequeño vistazo al pasado. Nuestros cimientos
Escribió una vez Carl Sagan: “La extinción es la regla, la supervivencia es la excepción”.
El 99% de todas las formas de vida que han
existido se han extinguido (dato de Peter Marren, extraído de la introducción a
su libro “Cuando ya no estén”) y, a consecuencia de una serie de extinciones
pasadas evolucionamos, prosperamos y dominamos hoy día el planeta. Digamos que
el proceso evolutivo de la vida sigue a las extinciones y, tal y como el citado
Marren indica en la introducción al mencionado libro: “Sin extinción, la vida
se habría quedado en el estadio de limo”.
¿Está nuestra especie causando la que ya se
viene a llamar “Sexta Gran Extinción”? Quizás los datos comparativos de pasado
y presente nos muestren que en efecto es así. Las tasas de extinción hoy son
entre 10 y 100 veces superiores a los niveles naturales históricos, pero es
pretencioso, creo, calificar hoy nuestro impacto en una escala de tiempo tan
escasa que aborda los cambios habidos en unos cientos de años, cuando en el
estudio de las extinciones pretéritas está hablándose en términos de miles de
años. Pero la evolución nos ha dejado un cerebro analítico, reflexivo, que es
único para poder mitigar o detener en lo posible la crisis ambiental que
estamos provocando, de esa forma, dentro de un milenio no se estudiará una
sexta extinción, sino un paréntesis crítico, cerrado gracias al conocimiento y
a la aplicación de medidas correctas para el equilibrio. Se podría decir que la
evolución nos ha dado las herramientas para sobrevivir a nuestro impacto. Ahora
hay que saberlas usar. Conocemos las consecuencias de la llamada “Gran
Mortandad” del Pérmico-Triásico, datada hace unos 252 millones de años, ya que
su magnitud catastrófica se dice que fue tan rápida que las especies no
pudieron adaptarse a los cambios en el clima que sucedieron, cuantificándose
esa velocidad de cambio en nada menos que … ¡50.000 años! Quizás este estudio
sobre la sexta extinción o el cambio de era hacia el Antropoceno se abordará
(si no lo paliamos como digo) dentro de miles de años, si es que aún seguimos
en el planeta, una vez conocidos los cambios, las causas y las consecuencias
que a buen seguro se deriven de nuestro comportamiento. Mientras tanto, hagamos
uso de aquello que nos diferencia y basémonos en los datos pasados y presentes
con el fin de no cometer errores que nos lleven a un callejón sin salida como
parece que ya está sucediendo si atendemos a los datos de los que se dispone; dediquémonos
a habitar el planeta y a procurarnos bienestar, pero hagámoslo
responsablemente, aprendiendo del pasado que ya conocemos para vivir el
presente con vista a un futuro que hoy se augura nefasto si no se hacen algunos
cambios. Conservemos lo que tenemos no sólo para que lo puedan disfrutar las
generaciones futuras, sino para que nuestra propia generación se beneficie de
ello, incluso en ámbitos recreativos alejados del valor económico de los
recursos, como el disfrute del medio natural, por ejemplo, que atrae hoy día a
millones de personas en todo el mundo hacia los parajes más espectaculares que
aún se conservan. Disfrutemos del viaje que nos confiere el hecho de estar vivos,
regocijémonos por compartir el planeta con el mayor ser vivo que ha existido
sobre la Tierra (la ballena azul), gocemos admirando el vuelo de los
dinosaurios que actualmente aún comparten su espacio sobrevolando nuestros
campos y nuestras ciudades (aves), sorprendámonos con las ancestrales rarezas
de los jurásicos monotremas (ornitorrincos o equidnas), sobrecojámonos con la
gran migración de ñus, cebras o gacelas que cada año se aventuran recorriendo
los 3000 km que separan Serengueti y Masái Mara, cruzando el temible rio Mara
en pugna con cocodrilos y otros carnívoros que esperan el festín andante que
llega para su propia supervivencia; disfrutemos de una vida que nos ha sido
otorgada gracias al esfuerzo de millones de años de evolución, compartiendo
además el territorio con éstas y otras muchas criaturas o paisajes que, pese a
las trabas que les imponemos, aún sobreviven en el planeta pese a nosotros.
Considerar que esto que llaman sexta extinción se debe a factores antinaturales
por causarlos nuestra especie quizás no es cierto tampoco, pues si está
provocada por un ser que es parte de la naturaleza, sus actos, aunque no tengan
nada que ver con un mandato divino de dominancia, sino de supervivencia en un
principio y adaptación extrema al medio para llegar a adecuar finalmente el
medio a nosotros, serán parte de esta naturaleza, y las consecuencias globales
que una especie en concreto provoque en el planeta, si llevan a una extinción,
no será diferente a la que pudieran haber provocado las cianobacterias que empezaron
a expeler oxígeno, modificar la atmósfera y con ello condicionar la nueva vida
que se empezó a diversificar hace 2.400 millones de años. La diferencia es que
sabemos cómo evitarlo.
Hace
unos 4.540 millones de años gas y polvo estelar colapsaron y, debido a la
gravedad, se formó un disco protoplanetario por acumulación de materia. Partículas
de polvo y roca chocaron y se unieron, creando planetesimales que también colisionaron
hasta formar la proto-tierra que, en sus inicios, era una masa fundida e
incandescente. Los elementos más pesados se hundieron para formar el núcleo,
mientras que con los más ligeros se creó el manto y la corteza. De esta manera extremadamente
resumida surgió el planeta Tierra según lo que hoy conocemos.
Nos hallamos en lo que se ha denominado Precámbrico, una etapa donde se empieza
a formar nuestro planeta y surge la vida básica. Esta etapa contiene 3 eones: Hádico (4.500 a 4.000 millones de años),
Arcaico (4.000 a 2.500 millones de
años) y Proterozoico (2.500 a 541 millones
de años).
-En el Hádico, es reseñable señalar la colisión
de un protoplaneta llamado Theia con la Tierra, debido a la cual salieron al
espacio escombros de ambos cuerpos que se agruparon por causa de la gravedad y
se forma la Luna. Una parte significativa de Theia quedó unida a nuestro
planeta, lo que explica que haya similitud química entre Tierra y Luna.
-En el Arcaico, se enfría la corteza terrestre
y se forman los océanos, apareciendo la vida unicelular (bacterias y
estromatolitos) hace unos 3.700 a 3.500 millones de años. Si bien, aunque no
hay fósiles que muestren esto, se piensa que la vida se origina a finales del
Hádico al pensar que, al contrario de lo que se ha venido suponiendo, pudo
haber condiciones “estables” en los ciclos de carbono y nitrógeno que
favorecieran el inicio de la vida.
-En el Proterozoico, la liberación de oxígeno
por parte de estos organismos unicelulares modifica la atmósfera (constituida
por metano, amoniaco y dióxido de carbono), se forma el supercontinente llamado
Rodinia y, al final del periodo, surge la vida multicelular.
A partir de ahí entramos en el eón Fanerozoico,
que llega hasta hoy, al cual se le divide en 3 eras: Paleozoico (541 a 252 millones de años), Mesozoico (252 a 66 millones de años) y Cenozoico (66 millones de años hasta hoy).
-En el Paleozoico comienza la llamada “Explosión
Cámbrica”, donde la vida se diversifica. Plantas y animales colonizan
la tierra, culminándose esta era con la “Gran
Mortandad”, evento considerado como la mayor extinción masiva habida en
nuestro planeta.
-A partir
de ahí cambiamos de era para iniciar el Mesozoico.
Comienza la era de los reptiles. El supercontinente
Pangea inicia su proceso de separación y los dinosaurios proliferan,
convirtiéndose en gigantes, hasta su gran extinción debida a la colisión de un
asteroide con nuestro planeta y los sucesivos desencadenantes climáticos del
desastre.
-Dicha
gran extinción propone un nuevo cambio de era, entrando de lleno en el Cenozoico, donde los mamíferos comienzan a ser dominantes, llegando también a
convertirse en un momento dado en gigantes al igual que sucedió con los
dinosaurios; se forman las cordilleras y, hace unos 6 millones de años,
aparecen los primeros homínidos. Aún hoy nos encontramos inmersos en esa era.
El planeta no siempre ha estado dispuesto
de la manera que hoy conocemos; se sabe de un único continente llamado Pangea, que existió durante unos 160
millones de años tras formarse hace aproximadamente 335 millones de años, pero previo
a la formación de Pangea existieron otros supercontinentes: Rodinia fue el inmediatamente anterior
a Pangea, formado hace unos 1.100 a 750 millones de años. Éste se fragmentó, lo
que pudo provocar cambios climáticos (por la absorción de dióxido de carbono
debido a la erosión de las rocas, enfriándolo drásticamente) que derivaron
supuestamente en una glaciación global, que nos dejó en una época que se conoce
como “Tierra Bola de Nieve”. En el Proterozoico
existió otro supercontinente llamado Columbia
o Nuna, entre 1.800 y 1.500 millones de años atrás. Kenorland fue un gran continente anterior a estos que se formó hace
2.700 millones de años, manteniéndose unido hasta hace unos 2.100 millones de
años, aunque su fragmentación se inició supuestamente hace unos 2.450 millones
de años, coincidiendo con la “Gran Oxidación”. Hipotéticamente se considera que
hace unos 3.800 a 3.600 millones de años, una vez que la tierra se enfrió lo
suficiente para disponer de corteza sólida, se formó Vaalbará, que se considera como el primer supercontinente en
originarse en nuestro planeta.
Después de que se descongelara la tierra
tras la glaciación global que nos llevó a la “bola de nieve” y el oxígeno ya formara
parte de la atmósfera, surgió la primera vida compleja en el planeta. En esa
época se origina lo que se ha llamado “Biota
de Ediacara”, que nos ha dejado registros fósiles de animales que, durante
mucho tiempo, no se sabía si eran tales, si eran hongos, plantas u otra cosa,
dado que se pensaba que eran organismos inmóviles. Con los nuevos avances y
descubrimientos, hoy se sabe que disponían de una estructura muscular la cual
les permitía moverse lentamente por los lechos marinos. Estos seres son la
Dickinsonia, Kimberella, Charnia, Spriggina o Tribrachidium. Todos ellos eran
criaturas de cuerpo blando, que carecían de defensas y que llegaron a su final tras
la explosión cámbrica y la aparición en escena de los primeros depredadores
como Anomalocaris, Opabinia o Marrella. El
Cámbrico fue el origen de las primera armas, como los dientes y de las primeras
defensas, como los caparazones.
Si
bien ha sido la Dickinsonia la criatura considerada como el primer animal
propiamente dicho en aparecer, nuevos fósiles encontrados y estudiados
consideran que unos 350 millones de años antes ya había otros animales,
similares a las esponjas que hoy conocemos, que se han datado que vivieron hace
890 millones de años, por lo que esponjas
y ctenóforos serían las primeras ramas del árbol de la vida animal según
los datos que hoy tenemos, siempre sujetos a actualizaciones debidas a nuevos
hallazgos. Todos estos animales aún habitaban en los océanos, aunque en tierra
firme ya existían otros seres que la ocupaban: invertebrados como los
artrópodos y las plantas, que a día de hoy se datan desde hace unos 500
millones de años (hasta los 520 millones las plantas y unos 480 millones de
años los primeros invertebrados). El primer fósil encontrado de un animal
terrestre (miriápodo con pulmones/tráquea documentado) fue Pneumodesmus Newmani,
un milpiés de hace unos 414 millones de años que habitaba Escocia allá por el Silúrico.
El primer insecto que se piensa como más antiguo en el registro fósil es
Rhyniognatha hirsti (hace unos 400 millones de años), aunque aún se tienen
dudas de que pueda ser un insecto o un artrópodo debido a la forma de su
mandíbula.
Con el Cámbrico
en su apogeo se inicia el salto hacia la tierra firme, seguramente iniciado por
criaturas que tenían la necesidad de huir de sus depredadores y que fueron
encontrando acomodo en un planeta que, como he indicado, ya estaba cubierto de
plantas y enormes invertebrados debido a la cantidad de oxígeno existente. Este
proceso de evolución desde el agua a la tierra no fue de un día para otro, sino
que duró millones de años. Se tiene constancia de los primeros “peces con patas” hace unos 375 millones de años, como
Tiktaalik, Panderychthys, Acanthostega (considerado como el primer tetrápodo
anatómicamente) e Ichtyostega (primero que pudo “caminar” fuera del agua,
aunque de manera torpe), aunque hay que significar que las primeras huellas de tetrápodos
de las que hay testimonio datan de hace 395 millones de años, no habiéndose
encontrado fósil del animal que pudo haberlas dejado sobre el sustrato. Esta
evolución de agua a tierra fue un proceso en el que los animales se tuvieron
que adaptar a la gravedad; debido a ello se vieron obligados a construir una
columna vertebral más fuerte y costillas más robustas para sostener las
vísceras. Se crean a su vez los pulmones, a partir de vejigas natatorias, con
el fin de extraer oxígeno directamente del aire y pieles más gruesas para
evitar la desecación. Durante ese periodo, debido al alto nivel de oxígeno
existente en la atmósfera (35% frente al 21% actuales), los insectos eran
gigantes y había licopodios (árboles) de hasta 30 metros de altura.
Pero hubo de producirse otra maniobra trascendental
para poder sustentar la vida en tierra firme, ya que hasta entonces todos los
animales tetrápodos que evolucionaron estaban sujetos a dependencia de masas
acuáticas, entre otras cosas para reproducirse y tener donde poner sus huevos.
Fue la aparición del huevo amniota
lo que facilitó que la vida en tierra firme se independizase del medio acuático
y se colonizara el planeta, hace unos 312
millones de años. Estos amniotas desarrollaron cáscara protectora y una
membrana en el huevo que mantenía al embrión sin necesidad de una masa de agua
que los salvaguardara.
Recordemos que en esa época había un solo
continente en el planeta: Pangea, por lo que la vida irrumpió por todo él y se
diversificó hacia el centro del mismo cuando ya no fue necesaria la cercanía al
océano para sus procesos de reproducción. Nos encontramos en el periodo Pérmico
y los Sinápsidos se han convertido en los dueños del planeta; seres con
apariencia de reptil, pero con ínfulas de mamífero, ya que están más
emparentados con éstos. Animales de esta época son el Dimetrodon (el gran
depredador anterior a los dinosaurios, aunque frecuentemente confundido con uno
de ellos), los gorgonópsidos (grandes cazadores con patas situadas bajo el
cuerpo, lo que les daba gran velocidad) y los Dicinodontos (herbívoros que
formaban grandes manadas). Pero el planeta quería otro cambio. Erupciones
masivas en las Siberian Traps (vasta región de Siberia con rocas volcánicas),
tras las que se liberaron cantidades ingentes de metano y dióxido de carbono, calentaron
el planeta de manera drástica, provocando la acidificación de los océanos y
perdiendo el oxígeno. Debido a ello el 95% de las especies que vivían en
océanos se extinguieron, así como el 70% de las terrestres. Fue un colapso
debido a ese calentamiento global que aconteció en menos de 50.000 años, por lo
que las especies no pudieron adaptarse y de ahí que desaparecieran en su gran
mayoría.
Comenzó pues el Triásico con el planeta casi vacío, sólo unos pocos animales como
por ejemplo los Lystrosaurus (unos Dicinodontos
del tamaño de un cerdo), fueron los supervivientes. Junto a estos, otros
animales que también sobrevivieron fueron evolucionando para compartir el
planeta: se trata de los Arcosaurios,
manteniendo con el Lystrosaurus una relación depredador/presa a favor del
primero. Los Arcosaurios se dividieron durante el Triásico en dos grandes
linajes: pseudosuquios (cocodrilos) y avemetatarsalios (aves y dinosaurios).
Obvia decir que eran los Arcosaurios los que depredaban sobre los últimos
dicinodontos y esa competencia, junto con la propia evolución de los Arcosaurios,
causaron el declive y finalmente la casi desaparición de los Sinápsidos,
relegándolos a nichos muy específicos y tamaños pequeños. Los Arcosaurios aún viven
junto a nosotros: son las aves y los cocodrilos que actualmente vemos, pero la
mayoría no sobrevivieron a la gran extinción del Triásico (hace 201 millones de
años cuando se fragmentó Pangea) de la que salieron airosos únicamente
cocodrilos y dinosaurios, siendo estos últimos los dominantes en el planeta hasta
hace 66 millones de años, cuando el famoso meteorito de Chicxulub causó una
nueva extinción masiva que terminó con los dinosaurios no avianos, pterosaurios
y reptiles marinos, quedando como supervivientes de este linaje tan solo aves y
cocodrilomorfos que han llegado hasta la actualidad.
Volviendo atrás en el tiempo y, ya que
hablamos de la vida en nuestro planeta, no podemos olvidar a LUCA (último ancestro común o Last
Universal Common Ancestor). Si bien las pruebas físicas más antiguas de vida
datan de hace unos 3.800/3.500 millones de años (microfósiles y estromatolitos
hallados en Australia y Groenlandia), deducciones genéticas indican que hace
unos 4.200 millones de años ya había formas de vida como LUCA, que tal y como
su propio nombre indica no es considerada como la primera, sino como la última
y de la que parte el árbol de la vida de todas las que actualmente existimos.
Era procariota, aunque su complejidad genética revela que no era una criatura
simple, sino que poseía un sistema inmunitario y codificaba unas 2.600
proteínas, similar a como lo hacen las modernas bacterias. Se cree que eran
organismos extremófilos, capaces de vivir en condiciones de calor intenso y sin
oxígeno. Los primeros habitantes, por lo
tanto, eran procariotas (célula sin núcleo), divididos en bacterias y arqueas.
Luca convivía en ese mundo inhóspito con
virus, motivo por el que necesitó protección, creando un sistema inmunitario en
su lucha continua contra estos y otros microbios que competían en recursos. Se
sabe de otro organismo: FUCA (con F de first), una protocélula aún más antigua que
fue ancestro de todo aquello que contiene código genético, incluido LUCA.
Hipotéticamente FUCA es el primer ancestro (incluye a LUCA, virus y otros
linajes celulares que se extinguieron sin descendencia), pero el ancestro común
de los seres vivos que hoy existen, donde convergen nuestros caminos, es LUCA.
Fue, además, el primero en traducir un código genético en proteínas.
Las primeras células eucariotas se han datado hace aproximadamente 2.000 millones de
años y se originan debido a que una arquea, descendiente de LUCA, absorbió a
una bacteria, también descendiente de ese ancestro común, lo que dio origen a células con núcleo y mitocondrias.
En resumen, LUCA aparece hace 4.200
millones de años. La vida se dividió en dos linajes: bacterias y arqueas (ambos
procariotas). De la unión de estas (arquea se tragó a bacteria), surgen los
eucariotas y la bacteria se convierte en la mitocondria. Hace unos 2.400
millones de años las cianobacterias comenzaron a expulsar oxígeno al medio mediante
fotosíntesis, lo que modificó la atmósfera de tal modo que permitió la
aparición de formas de vida más eficientes. Hace entre 540 y 1.000 millones de
años, las eucariotas se agrupan, apareciendo hongos, esponjas y ctenóforos que
dominaron el medio acuático hasta la explosión cámbrica de hace 540 millones de
años, que provocó una rápida diversificación de la vida marina. Plantas y
posteriormente animales colonizaron el medio terrestre hace unos 420 millones
de años, hasta hace aproximadamente 252 millones de años, cuando una gran
extinción causó la mayor mortandad de la historia terrestre, causando la
pérdida de entre el 90 y 96 por ciento de todas las especies existentes hasta
ese momento.
Cerrada nuevamente esta ventana al pasado, cabe
preguntar sobre nosotros. Nos quedamos en la extinción de los dinosaurios, hace
66 millones de años, cuando los escasos mamíferos que sobrevivieron al impacto
y posteriores catástrofes climáticas derivadas, comienzan a diversificarse y
ocupar los nichos dejados por los famosos reptiles ya fuera de la ecuación. Los
mamíferos van aumentando de tamaño, llegando a extremos de 15 a 20 toneladas
que podía pesar el paraceratherium, una especie de rinoceronte sin cuernos y
animal terrestre más grande conocido en la historia del planeta (hasta que
nuevos descubrimientos lo destronen). Entre estos gigantes está también el megaterio
(perezoso gigante de 4 toneladas), el mamut lanudo de unas 6 a 8 toneladas o el
palaeloxodón namadicus, un elefante extinto que algunos dicen que pudiera
llegar a las 22 toneladas siendo, si fuera así, superior al primitivo
rinoceronte sin cuernos expuesto. El mayor tamaño alcanzado por los mamíferos
se produjo hace unos 34 millones de años, en el límite Eoceno-Oligoceno;
factores como la dieta o la temperatura son los que han impuesto el límite de
tamaño corporal de los mamíferos hasta llegar a esas proporciones colosales,
junto con limitaciones mecánicas como la densidad de los huesos (al contrario
de los de los dinosaurios), y la
duración del periodo de gestación. En las ballenas por ejemplo, mamíferos
también, el hecho de vivir en los océanos les redujo limitaciones en cuanto a
peso y gravedad, permitiendo dimensiones mayores que las de los dinosaurios (la
ballena azul, animal catalogado por la UICN como en peligro de extinción, es el
coloso mayor que ha dado la Tierra y mide alrededor de 30 metros de media,
llegando a 200 toneladas de peso). Aparece también en escena Purgatorius, considerado como el
primate más antiguo conocido, o al menos pariente muy cercano, que inicia una
evolución que puede conducir hasta nosotros. Era del tamaño de una pequeña
ardilla y arborícola que se alimentaba de insectos y frutas. No obstante, se
estima que los primeros primates verdaderos surgen entre hace 56 y 34 millones
de años: se trata de los euprimates, que se dividen en adapiformes (similares a
lémures) y omomídeos. Hace 30 millones
de años surgen en África y Asia los simios
(antropoides), aparecen los catarrinos
(monos del viejo mundo) en Eurasia y África y los platirrinos (monos del nuevo mundo) en América. Hace unos 6’3 y 5’5
millones de años se estima que vino la separación de linajes de humano y
chimpancé, desconociéndose aún cual pudiera ser el último ancestro común de
ambos. Surgen los primeros homínidos hace
unos 6 millones de años y el homo sapiens hace unos 350.000 años.
Volviendo a los primeros mamíferos, a lo largo de la evolución de los
cinodontes, varios pequeños huesos ubicados en la parte posterior de la
mandíbula se redujeron, mientras una nueva articulación mandibular más fuerte: dentario-escamoso, los sustituía. Esa
característica es la que define a los mamíferos y es considerada como una línea
divisoria. Pelicosaurios, terápsidos y los primeros cinodontes tenían
mandíbulas del tipo reptiliano. En cinodontes como el morganucodon ya se
aprecia la nueva articulación dentario-escamoso (responsable del cierre de la
mandíbula), pero aún mantenía la ancestral cuadrado-articular, que participaba
en el cierre de la mandíbula y además transmitía sonido al oído, sistema que no
duraría mucho más pues finalmente, la evolución cerró la conexión entre oído y
mandíbula, separando de ésta los huesos para integrarse en el oído como los
conocidos martillo, yunque y anillo. La mandíbula ya no interfería en la función
auditiva, un paso crucial; a partir de ahí los mamíferos podemos escuchar
perfectamente mientras masticamos.
Existen tres tipos de mamíferos modernos: Marsupiales, placentarios y monotremas. Curiosamente todos llegaron
a convivir con los dinosaurios. ¿En qué se diferencian? Los sinápsidos aún
ponían huevos para su reproducción, pero la evolución llegó con los Terios,
que ya dan a luz crías vivas. Estos se dividieron en Metaterios (los actuales
marsupiales) y Euterios o placentarios (nosotros, por ejemplo), siendo estos
últimos los que más se diversificaron tras la extinción de los dinosaurios
ocupando los nichos que quedaron vacíos. Sin embargo, a la par que los terios
también aparecieron los prototerios, de los que surge el linaje de los
monotremas, únicos mamíferos que aún presentan las características ancestrales
de los sinápsidos basales o los terápsidos como el ser ovíparos, cintura
escapular compleja o presentar un solo orificio para excreción y reproducción
(cloaca).
Esta evolución expuesta en los monotremas se debe a que tomaron caminos
evolutivos diferentes y no al hecho de ser más o menos evolucionados como se
podría pensar. El hecho de que los huesos de la mandíbula sean similares a los
de los terios es un caso de evolución convergente, ya que ese proceso de
separación de los huesos mandibulares hacia el oído sucedió de manera
independiente al de los otros grupos de mamíferos. Existen dos especies de
monotremas en la actualidad: ornitorrincos y equidnas, ambos en el hemisferio
sur. El ornitorrinco, en lugar de dientes, posee placas queratinosas con las
que trituran invertebrados acuáticos. El equidna tiene una mandíbula tubular
que contiene una lengua con la que se alimenta de hormigas y termitas con
almohadillas corneas que usa para triturar el alimento.
La aparición de los terios aconteció mientras Pangea se comenzaba a
separar. Dicha fragmentación fue formando un océano central (Tetis) que dividió
el supercontinente en dos: Laurasia y Gondwana, aunque esta división fue
lógicamente lenta y había muchos puentes de conexión entre ambos continentes inmersos
en el proceso de separación. Euterios y metaterios se separaron al parecer en
el continente del norte (Laurasia), desde donde rápidamente hubo una gran
migración hacia el sur de los marsupiales aprovechando esos puentes aún
existentes, quedando tras la separación definitiva ambos grupos de terios
aislados en continentes diferentes. La ventaja metabólica en la competencia por
los mismos recursos de los placentarios frente a los marsupiales es lo que
originó esa migración de los segundos hacia zonas más vacías, ya que Gondwana
se separó antes de que los grandes linajes de placentarios llegaran. La actual Australia
se llegó a aislar por completo, lo que permitió que durante 40 millones de años
los marsupiales evolucionaran sin competencia. En lo que hoy es Sudamérica, los
marsupiales convivieron con algunos placentarios nativos, pero al cerrarse el
istmo de Panamá hace unos 3 millones de años, hubo un intercambio y animales
placentarios del norte bajaron y lograron extinguir a casi todos los
marsupiales del sur, salvo las zarigüeyas. Es el llamado “gran intercambio
americano”. En ese intercambio carnívoros muy avanzados como los felinos
dientes de sable, cánidos, osos y camélidos descendieron al sur, mientras que
al norte migraron perezosos gigantes, armadillos gigantes o aves del terror. El
intercambio fue desigual, pues los placentarios, más eficientes y con el
cerebro más evolucionado que los marsupiales, lograron extinguir directamente o
por competencia a éstos.
Como apunta S. Brusatte en su libro “Auge y reinado de los mamíferos”,
“la clasificación es un ejercicio humano. La naturaleza no coloca etiquetas a
cosas, pero las personas sí”. Y así se ha establecido la línea divisoria entre
mamíferos y reptiles en base a ciertas características anatómicas a partir de
los fósiles encontrados, llegando los paleontólogos de mediados del siglo XX a
la conclusión de que mamíferos serían todos aquellos que evolucionaron, tal y
como hemos señalado, a partir del primer animal que desarrolló una innovación
para ellos clave: una articulación que cierra la mandíbula entre el hueso
dentario de la mandíbula inferior y el escamoso del cráneo superior. Se eligió
una característica que nos separa a los mamíferos modernos de los anfibios,
reptiles o aves y se hizo el recorrido hacia atrás a través de los fósiles para
poner un punto de inicio en la saga que hoy parece dominar el planeta. Morganucodon, un cinodonte similar en
tamaño a una musaraña, que vivió hace entre 190 y 205 millones de años, es
considerado como el primer animal en consolidar las características que definen
a los mamíferos, aunque los avances y descubrimientos ponen en discusión este
hecho distintivo para optar por un animal anterior llamado Brasilodon, que vivió hace unos 225 millones de años, y por tanto
anterior al Morganucodon. Toda esta ciencia que se basa en nuevos
descubrimientos y avances tecnológicos que hacen más precisa la datación, nos
impone, a medida que avanzan los años en paralelo a los descubrimientos, nuevas
realidades. Sea cual fuere, a buen seguro dentro de unos años volverá a ser
destronado, con lo que lo importante es el concepto en sí, no el nombre con el
que se le bautice a ese ancestro.
Con el ánimo de simplificar un poco, recoger conceptos claves para
conocer mejor nuestro pasado y saber de dónde venimos, he querido resumir
seguramente de manera muy burda de dónde venimos y qué había antes de nosotros
con el fin de tener una serie de nociones claras que, a modo de apuntes,
simplifiquen un poco la búsqueda de datos para ahondar más sobre el tema cuando
me interese, tomándolo como una especie de esquema para estudiar que he querido
compartir en este blog. Para ello, me he basado en diferentes textos que he
leído estos años y, ayudado por muchos podcasts sobre el tema, visualizaciones
en YouTube de reputados investigadores y artículos firmados por grandes
especialistas que he ido extrayendo de internet, he condensado en esta entrada los
más de 4.500 millones de años de historia con las que hoy día se data la
construcción de nuestro planeta, la casa en la que habitamos, llegando a la
conclusión de que si estamos hoy aquí es por pura casualidad, ya que las
grandes catástrofes que fueron aniquilando gran parte de la vida del planeta
(ese 99% aludido) han ido haciendo sucesivas cribas hasta dejar a unos pocos seres
vivos que, tras la última gran extinción K-T de hace 66 millones de años y habiendo
superado las catastróficas condiciones que siguieron al impacto que sumió al
planeta en un invierno nuclear, emergieron de entre los cadáveres de
dinosaurios y otros animales que entonces poblaban el planeta Tierra, para
adaptarse de manera milagrosa a las adversas condiciones de las que tuvieron
que salir adelante y llegar a donde hoy nos encontramos. Conocer el pasado nos debería
hacer meditar sobre el presente para construir con él nuestro futuro; queramos
o no, en nuestra historia están enterrados los cimientos de lo que hoy somos. O
quizás da igual y cualquier factor destructivo, ya sea exógeno como el
asteroide que aplastó a los dinosaurios, o endógeno como los grandes volcanes que
causaron la gran mortandad o nuestra propia conducta como especie dominante y
destructiva, nos avoca a un apocalíptico final ya señalado para el que nada
podemos hacer sino esperar a que ocurra. Tras hablar de miles de millones de
años de historia como si simplemente volviésemos una página atrás de nuestro
libro, de pruebas de evolución a modo de ensayo-error tras sucesivos periodos
de destrucción/aniquilación y surgimiento sucesivo de la vida, de minúsculos
indicios de vida que dan lugar tras millones de años de perfeccionamiento a
seres tan inmensos como las ballenas que hoy día aún viven en nuestros océanos
o tan minúsculos como el murciélago abejorro de 2 gramos de peso que sobrevive
en Tailandia, somos conscientes de que la evolución no planifica el futuro,
simplemente se adapta a las condiciones de cada momento de la historia ajustándose
los organismos que la protagonizan a dichas situaciones a las que se enfrentan.
¿Sigues pensando que el ser humano, que sólo lleva como especie unos 350.000
años de pervivencia en el planeta, es el culmen evolutivo que da por concluida
la obra? ¿O acaso no crees que somos otra especie que desaparecerá tras la
catástrofe que toque en el momento que sea, dejando nuevamente sobre el planeta
una “tabula rasa” que, tras millones de años de evolución de los supervivientes
(que curiosamente suelen ser los más pequeños del espectro de la vida), nos
dará un renovado planeta, con nuevos equilibrios y otra especie cumbre que lo
dominará hasta que acontezca una nueva catástrofe?
“En el tiempo geológico, la extinción efectivamente representa un final,
pero también marca un comienzo: la muerte de una especie es una oportunidad
para otras. La extinción es una fuerza que modifica el mundo. Sin ella la vida
sería imposible”. (P. Marren)

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