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Montaña y soledad

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 Quiero volver rápido al mundo de fantasía, al mundo soñado y dejar atrás el anterior post que narra ese mundo real que nos sumerge en la penumbra de la sinrazón humana, pero no seré yo quien escriba, sino un alpinista, escritor y fotógrafo pictorialista italiano que vivió entre finales del XIX y principios del siglo XX, que logró alejar a la fotografía de la simple documentación para elevarla a las bellas artes. Escribió Guido Rey lo siguiente:    “Marchar a pie, solo, antes de que despunte la aurora y, en la penumbra del valle, subir un sendero que conduce nuestros pasos sin fatiga y lleva rápidamente a la altura. Sentirse consciente sin necesidad de mirar, de que del cielo nos llega por doquier la luz, en grandes oleadas, bañando las cumbres una a una, descendiendo por todos los precipicios, penetrando en todas las gargantas… Al fin desciende la luz al fondo, halla el río y lo enciende de improviso en centelleos de plata, poniendo sonrisas en todo el valle. Ascender as...

Un paréntesis en la naturaleza. Recordando el 11-M

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  “Cuando la vida es más terrible que la muerte, entonces el valor más auténtico está en atreverse a vivirla”. Sir Thomas Browne, escritor inglés del siglo XVII. Con todo mi respeto hacia quienes sufrieron y aún hoy siguen siendo víctimas olvidadas del atentado.     Era tal día como hoy del año 2004 cuando, por la mañana temprano, me encontraba conduciendo de camino al trabajo. La emisora que habitualmente escuchaba durante la hora de atasco que hacía de puente entre mi domicilio y mi estancia laboral comenzó a narrar unas explosiones que se estaban sucediendo en la capital, sin saber precisar qué era y dónde se estaban produciendo. Recuerdo haber sorteado el atasco y a toda prisa acudir a mi puesto laboral. La confusión era enorme cuando entré en la comisaría donde estaba destinado en ese momento de mi vida profesional. Por la emisora de mi distrito se escuchaba a los compañeros que habían estado de noche quienes, junto a los primeros en entrar por la mañana, se enc...

La mirada salvaje de la naturaleza

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    " Era la sabiduría magistral e incomunicable de la eternidad riéndose de la futilidad de la vida y del esfuerzo de vivir. Era lo Salvaje, lo salvaje del Norte de corazón helado ". Jack London     Allí está, posado en una rama del enorme cedro del Líbano del Campo Grande. Fija con desdén su mirada en mi silueta lejana, mientras trato de captar en mi cámara fotográfica su figura con las últimas luces de la tarde. En seguida vuelve a su duerme/vela, entornando nuevamente los espejos del alma, que cesan su centelleo, y que sólo abre cuando escucha el aleteo de una bandada de palomas que huyen asustadas de algo que yo no percibo, para nuevamente cerrarlos y volver a su descanso. Quién me iba a decir que iba a poder ver, y además fotografiar, a tan espectacular ave en un parque urbano de mi ciudad.     Desde la distancia y con las sombras ya cerniéndose, no pude ver la mirada del ave hasta que no revelé los raw de mi tarjeta. Sus ojos rojos fijo...

El cajón de los sueños olvidados

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      170… 150… 140… La fatiga aún impone su ritmo en mi corazón, cuyos latidos se apaciguan mientras en el horizonte se aprecia un calmo atardecer que ninguna imagen captada por dispositivo alguno podría siquiera igualar: un cielo carmesí revela con sus pinceladas la agonía del crepúsculo, anunciando la inminente llegada de la noche; las montañas emergen como islas en un océano de nubes y el llameante sol, sofoca su fuego hundiéndose con parsimonia hasta ocultarse tras el imaginario piélago del horizonte que evoca ese mar onírico de densos celajes.     La voz de la montaña resuena en el paisaje. Al bramido del encelado ciervo responde otro desde la lejanía y otro más, cuyo berrido retumba muy cerca de donde yo estoy situado, sentado en una roca que, sin buscarlo, oculta mi silueta confundiéndome con el paisaje. Mi respiración va recobrando el ritmo pausado al que invita este atardecer pese a que el sudor no cesa. A unas pocas decenas de metros puedo...

Fin de semana en la montaña palentina a paso lento

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      Es un amanecer frío, pero no ha helado pese a lo avanzado de la estación otoñal, desde la ventana vislumbro el robledal que cubre las laderas de un tono ocre, contrastando con el verdor de los prados. Un gorjeo incansable entra por la ventana desde el exterior mientras varias hurracas husmean por los tejados del pequeño pueblo emitiendo su característico reclamo. Me asomo por el ventanuco que da a la parte de atrás y percibo cómo algo se mueve entre las hojas del manzano que tengo frente a la ventana, aparece y desaparece como por arte de magia hasta que logro ver asomarse a un pajarillo de tono pardo, a juego con el robledal de otoño, apareciendo ente las ramas para acto seguido volar hasta un tejado y dejarme ver su silueta antes de desaparecer de nuevo en una oquedad del muro. Un chochín paleártico, de sugerente nombre científico troglodytes troglodytes, es quien reclama mi atención. Ese nombre es asociado en la literatura científica por buscar oquedades y c...

Algo más que un conjunto de árboles: El bosque vivo

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      La noche sorprende dentro del bosque a alguien ajeno al mismo. Un fuerte viento, que agita violentamente las copas de la arboleda, suena bajo el dosel acallando al resto de los sonidos, que reaparecen para el oído del intruso en cuanto la fuerza del céfiro descansa unos instantes. Esos son los momentos en los que el ciervo encelado retumba el bosque con sus bramidos llenando con sus voces cada rincón del monte. Un crepitar de ramas cercano indica el movimiento de alguno de los habitantes del bosque sorprendido por la presencia del intruso en horas donde no suele ser habitual su presencia, cualquier roedor como el lirón gris o un ratoncillo pueden ser quienes anden rebuscando entre la hojarasca, siempre atentos al cárabo, sorprendido también, que se revela al oído del intruso, aunque invisible a su vista, iniciando un ululato que es rápidamente contestado desde el otro lado del bosque, cuando de nuevo el viento arrecia y apaga con su clamor los ecos del bosque a...

Primeros ecos del otoño en la montaña

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      Día gris con fina llovizna y viento, la temperatura ha descendido notablemente en pocos días tras el sofocante verano, aunque aún estamos inmersos en esa estación ya que no llega a cumplirse la primera quincena de septiembre. Los prados lucen con un tapiz de flores moradas, son los "quitameriendas" (colchicum montanum)  típicos de la estación que se anuncia.     Nada me augura que tan pronto pueda escuchar a la montaña despedir el verano, me aúpo por la pista hacia el valle contiguo desde el que ahora domino un extenso paisaje de cumbres de la media montaña palentina, salpicadas de frondosos valles entre cordal y cordal hasta que la muralla de peña labra y tres mares cierra el horizonte a más de dos mil metros de altura, ya cubiertos por las nubes. Y ahí está el sonido más salvaje emergiendo del bosque que queda frente a mí: un lejano berrido que encuentra respuesta no muy lejos de donde yo me encuentro. ¡Ha comenzado la berrea del ciervo!...

El mundo desde el balcón de las golondrinas

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      Tras cesar la lluvia, salgo de mi casa dejando fuera del nido a las volanderas golondrinas, a las que sus padres ya alimentan una a una mientras observan el mundo que se les abre posadas sobre unos cables cercanos, hasta donde llegan en estos primeros vuelos. Los prados están crecidos y algunos caballos se alimentan de las tiernas hierbas de final de primavera. Al fondo se ven las altas montañas de la sierra más cercana a la meseta, esas primeras elevaciones de contornos redondeados que rondan los 2000 metros y que hoy, con las nubes hechas jirones sobre ellas y tapando sus formas, semejan montañas más agresivas y salvajes recortándose en el horizonte.     En la pista me topo con bastantes babosas cruzándola a paso lento, desplazándose de manera casi imperceptible, y algunos rastros dejados por el zorro que ha señalizado su marcha para que todos lo veamos, poniendo excrementos sobre piedras o en el lugar más visible de la pista. Hay una huella ...

Un paseo al atardecer

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      En el invierno, el atardecer es precoz, casi podría decirse que madrugador. Si te demoras mucho reposando la comida, no llegarás a ver el crepúsculo que te propones si el paseo es suficientemente largo. Por eso decidí, viendo la hora que era, simplemente salir a caminar hacia donde sabía que al menos podría ver un horizonte extenso, pese a no ser el lugar donde los atardeceres más me cautivan, y no por demérito de la atalaya escogida, sino por el espectáculo grandioso que se contempla desde la pretendida. El cielo, no obstante, estaba plomizo y no auguraba un colorido como el que me suele cautivar cuando me encaramo para disfrutar de los ocasos.     Nada más dejar el asfalto, el barro muestra los dibujos de quienes pasaron por esa pista antes de hacerlo yo. Un vehículo todoterreno deja sus marcas cegando con su profundo dibujo la impronta de los seres vivos que por allí deambularon antes de que lo   hiciera el automóvil. Pero no todas esta...

Un cuento ancestral de rabiosa actualidad

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       El presente obliga a los cuerdos a dejar de lado el pasado, relegando en algún rincón de la mente las historias vividas que a menudo afloran durante el duerme-vela previo a los sueños. Días en los que quizá un recuerdo evoca sentimientos de nostalgia que, al recostar la cabeza para dejarse llevar por los espectros de la noche, te sumergen en tu propia historia narrada en tercera persona. Esta es la historia de Mac, mi historia.        - ¡Un oso, ese ha sido el causante!-    - ¡Un lobo solitario, yo lo he visto por aquí alguna vez, mientras corría ahuyentado por la guardia que de noche patrulla!-     No muy lejos, a un par de kilómetros del poblado, el cadáver de uno de sus jóvenes habitantes ha aparecido parcialmente devorado, tendido en una vaguada verde flanqueada por blanca caliza.     En el poblado se reúnen todos los habitantes a fin de debatir sobre la seguridad del cercado. Nadie había vi...