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Un paseo por el bosque invernal

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      Revelar el raw de las fotos del fin de semana es evocar los momentos en los que la parte más viva y móvil de la naturaleza optó por posar unos instantes ejerciendo de modelo. Al pulsar el botón del obturador se detiene el tiempo guardando para siempre el instante que uno acaba de vislumbrar; en cada pulso hay un nuevo gesto, un movimiento insólito, original, que me llevaré a casa para revivir una y otra vez ese intervalo y todos los que anteceden o siguen a la imagen captada.     El manto de nieve que dejó la noche desaparece ante el empuje del sol que parece querer preparar a la tierra para la primavera. Son los avisos de la estación aún mediada, un ensayo para que la montaña sepa que no queda mucho para despertar de su letargo invernal.     El bosque invernal es un sepulcro blanco donde reina el silencio, sólo roto por el graznido de algún córvido que lo sobrevuela. Pero un poco más abajo, en el valle, el día claro ha dejado ...

Un pequeño vistazo al pasado. Nuestros cimientos

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      Escribió una vez Carl Sagan: “La extinción es la regla, la supervivencia es la excepción”.     El 99% de todas las formas de vida que han existido se han extinguido (dato de Peter Marren, extraído de la introducción a su libro “Cuando ya no estén”) y, a consecuencia de una serie de extinciones pasadas evolucionamos, prosperamos y dominamos hoy día el planeta. Digamos que el proceso evolutivo de la vida sigue a las extinciones y, tal y como el citado Marren indica en la introducción al mencionado libro: “Sin extinción, la vida se habría quedado en el estadio de limo”.     ¿Está nuestra especie causando la que ya se viene a llamar “Sexta Gran Extinción”? Quizás los datos comparativos de pasado y presente nos muestren que en efecto es así. Las tasas de extinción hoy son entre 10 y 100 veces superiores a los niveles naturales históricos, pero es pretencioso, creo, calificar hoy nuestro impacto en una escala de tiempo tan escasa que...

El cajón de los sueños olvidados

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      170… 150… 140… La fatiga aún impone su ritmo en mi corazón, cuyos latidos se apaciguan mientras en el horizonte se aprecia un calmo atardecer que ninguna imagen captada por dispositivo alguno podría siquiera igualar: un cielo carmesí revela con sus pinceladas la agonía del crepúsculo, anunciando la inminente llegada de la noche; las montañas emergen como islas en un océano de nubes y el llameante sol, sofoca su fuego hundiéndose con parsimonia hasta ocultarse tras el imaginario piélago del horizonte que evoca ese mar onírico de densos celajes.     La voz de la montaña resuena en el paisaje. Al bramido del encelado ciervo responde otro desde la lejanía y otro más, cuyo berrido retumba muy cerca de donde yo estoy situado, sentado en una roca que, sin buscarlo, oculta mi silueta confundiéndome con el paisaje. Mi respiración va recobrando el ritmo pausado al que invita este atardecer pese a que el sudor no cesa. A unas pocas decenas de metros puedo...

Que otros lo escriban por mi.

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       “Voy a romper la pluma. Ya no la necesito. Lo que mi alma siente yo no lo sé decir. Persigo la palabra y solo encuentro un grito roto, inarticulado, que nadie quiere oír…”     Así rezaba la primera estrofa que Gerardo Diego dedicaba al “Poeta sin palabras”. Pedía a Dios.   en su siguiente estrofa, volver a “interpretar las flores, traducir las estrellas”. Y en esas estoy desde hace un tiempo en el que la atribulación que mi alma está sobrellevando ha hecho enmudecer la pluma que antes documentaba sobre el papel cada latido que partía del corazón. Hoy no permite articular por escrito o de palabra, nada que no sea un lamento, no encuentro palabras que lo describan o que lo adornen con el oropel del poeta, tan solo un aullido que escrito tiene esta traza:     AAUUuuuu!!!     Por eso acudo a Elisee Reclús y su Historia de una Montaña, pues cuando no encuentras palabras, sólo hay que mirar en la biblioteca ...

Minutos mágicos con el fantasma del bosque. Nuestro Gato Montés

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      Época de siega en la montaña palentina, el silencio habitual se transforma en ruido de motores que regresan al pequeño núcleo poblacional tras su trasiego en los prados, donde la espesa y alta gramínea y el cereal han sido dejados al ras, apareciendo grandes rulos dorados salpicados por todo el terreno. Algo, no obstante, se mueve con sigilo en el prado cuando ya no hay rastro del humano en el entorno. A paso lento, con la mirada fija en un punto, mueve sus patas dejando casi inmóvil el cuerpo hasta un momento en el que ambas patas traseras se alinean y salta súbitamente hasta aterrizar con las extremidades delanteras sobre el suelo y dejar su hocico pegado al pasto recién cortado. Se detiene el tiempo unos segundos y el animal vuelve a levantar la cabeza, mira a ambos lados y, muy despacio, como una toma de cámara lenta, inicia otro movimiento para sentarse. Es el gato montés y su víctima iba a ser un roedor que supo burlar a la muerte en esta ocasión. ...