SEPTIEMBRE
Mediada la tarde detengo mi paseo para ver de nuevo al gato en su entorno, patrullando a sus anchas el prado o descansando. No sé si me ve y me ignora, o si mi sigilo y ubicación me hacen invisible, pero a unos veinte metros de mí puedo verle sentado, con aparente indiferencia, hasta que se levanta con toda calma y sale de la sombra que le cobija, moviéndose hacia el césped irradiado por un sol tardío que ya va declinando hacia el horizonte. Se detiene a pocos metros iluminado por el oro viejo del atardecer, queda inmóvil con una de sus patas doblada hacia arriba y el único y suave movimiento pendular de su cola. Acto seguido realiza un movimiento súbito hacia delante con un salto y cae revolcándose sobre la hierba. Aún tumbado levanta su cabeza de manera tímida, fija su mirada hacia un lado y otro con cierto aire de resignación comprobando que nadie ha visto su fallo, se levanta y, como si nada hubiera sucedido, echa a andar nuevamente hacia la sombra que dibu...