SOLEDADES. Segundo día
El bosque se cierra a mi paso. Atrás dejé los prados y al gato montés llenando con su presencia el paisaje. Los frutos del otoño empiezan a imponer sus aromas y colores al paisaje, pero en el bosque todo es penumbra, sólo el arroyo rompe el silencio con sus pequeños saltos y jugueteos. Descubro allí una huella que inunda el bosque y le da vida. El oso anduvo por él. No es una huella cualquiera. Es una traza ancha, profunda, con su contorno bien dibujado en la tierra húmeda tras las lluvias que han acudido estos días para despedir llorando al verano. Detengo mis pasos. El silencio del hayedo cobra ahora otro significado: ya no es una quietud vacía, se percibe el respeto reverencial que el bosque profesa a su rey. Porque el bosque aquí no es un conjunto de árboles, no; el bosque es todo aquello que cobija la arboleda. Es la vida que atesora un entorno en el que no soy bienvenido. Miro a mi alrededor a sabiendas de que no voy a ver al pl...