Un paseo por el bosque invernal
Revelar el raw de las fotos del fin de semana es evocar los momentos en los que la parte más viva y móvil de la naturaleza optó por posar unos instantes ejerciendo de modelo. Al pulsar el botón del obturador se detiene el tiempo guardando para siempre el instante que uno acaba de vislumbrar; en cada pulso hay un nuevo gesto, un movimiento insólito, original, que me llevaré a casa para revivir una y otra vez ese intervalo y todos los que anteceden o siguen a la imagen captada.
El manto de nieve que dejó la noche
desaparece ante el empuje del sol que parece querer preparar a la tierra para
la primavera. Son los avisos de la estación aún mediada, un ensayo para que la
montaña sepa que no queda mucho para despertar de su letargo invernal.
El bosque invernal es un sepulcro blanco
donde reina el silencio, sólo roto por el graznido de algún córvido que lo
sobrevuela. Pero un poco más abajo, en el valle, el día claro ha dejado que
algunas aves se muestren activas. En mi lento y torpe paseo, ya sin apoyo de
bastones o muletas para ir retomando mis andares tras la cirugía de hace casi
cuatro meses, escucho entre el arbolado los susurros del herrerillo, cuya
figura amarillo-azulada acompaña al jolgorio de una pequeña bandada de mitos
que se afanan picoteando las ramas de los robles cubiertas de liquen. No es
época de ver al oso, pues las hembras habrán dado a luz hace escasas semanas o
días en la austera osera donde se guarece aletargada ante los rigores
invernales; no obstante, creo adivinar el rastro de una pisada en la embarrada
pista que sigo. Es una huella parcial, en un tramo donde se aprecian bastantes
pisadas de ciervos y corzos que cruzan el sendero y salen del bosque para bajar
al pantano. Sin duda es un individuo joven (la huella es de una mano no muy
grande) que ha optado por salir a pasear aprovechando el día soleado para
beber, comer algo de lo que encuentre bajo el robledal y por qué no, disfrutar
del entorno en el que vive.
La pista circunda un pantano donde puedo ver varios somormujos lavancos sumergirse una y otra vez, alguna de las cuales veo salir del agua a algún individuo con un suculento pescado que engulle sin demora para continuar su recolecta. No muy lejos de ahí, una bandada de ánades reales navega casi al unísono, aunque en formación algo desordenada. Sobre las rocas de la orilla asoma también un cormorán que observa con cierta nostalgia el agua mientras aprovecha para secar al sol su plumaje. Pero son los bulliciosos mitos los que captan mi atención para disfrutar de sus malabares entre el ramaje cubierto de liquen de los jóvenes árboles aún deshojados.
Lejos ya del pantano, entre el robledal, un corzo ramonea en solitario ajeno a mi presencia. Me detengo a observarle con cuidado; se alarma y mira hacia mi ubicación, pero inmóvil y aprovechando la sombra que impone sobre mí el sol que declina, puedo fotografiarle sin que se percate de mi estampa. Otro instante más que podré revivir cada vez que vea la instantánea robada al pequeño cérvido. Cuando de nuevo vuelve a agachar la cabeza para comer, aprovecho para irme manteniendo el mismo sigilo con el fin de no perturbar su momento de serenidad, pensando con cierta aflicción en lo fácil que sería dar muerte a tan bello animal, como seguramente habrán hecho con algunos de sus hermanos a lo largo del día en cualquiera de las numerosas batidas de caza que cada fin de semana soporta este entorno. Ayer mismo, mientras caminaba por este mismo lugar, sonó el aterrador rugido de una escopeta. Quién sabe qué desdichado animal cayó para regocijo de aquél que sólo vio una diana y a ella tiró. Por suerte esa etapa pasó por delante de mí y supe ver que dentro de la diana había un alma errante que se aferra a la vida y yo no era quien para arrebatársela por simple diversión. Suficiente peligro tiene que superar el pequeño fitófago, depredadores naturales para los que la evolución le ha dotado de defensas, pero no contra la escopeta oculta de quien a traición aprieta el gatillo para dar rienda suelta a su funesta diversión o hobby.
Observo, ya con el sol oculto entre las
nubes, un pequeño grupo de ciervos mimetizados entre el pardo marcescente del
bosque que, al verme caminando por la pista a unos 100 metros bajo su ubicación
miran hacia mí para rápidamente marcharse del lugar internándose hasta
desaparecer en las profundidades del robledal. Dos varetos cruzan sus miradas
con la mía mientras las hembras huyen, saliendo ellos acto seguido tras la
manada. Es admirable que ante el empuje un fin de semana tras otro de la
temporada de caza, aún puedan verse ejemplares de ciervo por las montañas. Una
especie que ya tuvo que ser reintroducida al extinguirse en numerosas
localizaciones debido a la incesante caza. Animales estos que, ante la
presencia del bípedo, huyen antes de saber si el disparo que sale del artefacto
que porta suena como un clic o como un bang.
El atardecer ha traído densos celajes a la montaña dejando atrás la soleada mañana. Camino hacia arriba por una tendida pista que asciende entre el bosque, donde ya el silencio ha cobrado protagonismo. Un lejano relincho de un picapinos y una motosierra faenando es lo único que escucho hasta que logro llegar a donde me había propuesto: una cota entre varias pistas a modo de collado donde las nubes acarician el suelo. Me siento un momento para disfrutar del silencio cuando un herrerillo me alerta de su presencia, y tras él otro más, que rama por rama se van alejando hasta devolver a la montaña el silencio del invierno.
Pienso allí sentado en nuestra evolución, en como nuestra inteligencia es posible que nos conduzca a la autodestrucción. Recapacitó en por qué dentro de los pocos espacios naturales que existen apenas vemos animales salvajes y la mayoría de los rastros y grandes bestias con los que me topo son de ganado doméstico o de cánidos también domésticos que acompañan a quien se mueve por estos lugares. Especulo en cómo sería este entorno si la rama del árbol de la evolución que nos ha ido sosteniendo hasta llegar a donde estamos, hubiera quebrado como tantas otras hicieron y el ser humano no hubiera llegado a existir, enterrado en la tumba del olvido como todas las especies que no llegaron a ver la luz ante el azaroso destino evolutivo. ¿Qué equilibrio mantendría este mismo entorno? ¿Habría una especie dominante que rigiera con mano firme el planeta, o guardaría todo el orbe un equilibrio “waltdisneyniano”? ¿Somos acaso nosotros la especie dominante o no somos sino el rebaño del que se alimentan miles de millones de bacterias que habitan con cierta clandestinidad este planeta? ¿Acaso la evolución del tirano sigue la línea de los Pelicosaurios, Gorgonópsidos, Tiranosaurios Rex , Homo Erectus hasta llegar a nosotros? O quizás eso sea tan solo lo que percibimos tras los fósiles que involuntariamente han dejado como rastro quienes nos precedieron, pero el verdadero dominador se oculta invisible a nuestra mirada sin rastro perceptible.
Sea como fuere, al menos estamos dotados de
la conciencia de poder disfrutar de este silencio, de la quietud del paisaje
abstraídos ante nuestros propios pensamientos, mientras la naturaleza sigue su
curso, ajena a la figura que, tras sus humanas cavilaciones, parte de nuevo
hacia el valle emergiendo de entre los celajes cuando la noche empieza a
asomarse a la montaña.





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