QUIÉN DIJO MIEDO...

    «Los grandes depredadores gobiernan los ecosistemas no solo a través de sus dientes mediante la depredación directa, sino también a través de las sombras que proyectan en la mente de sus presas en forma de miedo». William J. Ripple, principal investigador sobre los efectos de la reintroducción del lobo gris en Yellowstone.

    La relación humano/animal está basada en el miedo. Cada encuentro fortuito que tengo con la fauna salvaje del entorno por el que me muevo, recibe como respuesta un comportamiento de huida por parte del animal salvaje. Y en alguna ocasión un gran susto por mi parte. Tan solo en las extrañas circunstancias en las que ese encuentro fortuito es percibido antes por mí que por el animal en cuestión, es cuando he podido admirar, en esos breves instantes previos a ser descubierto, esa interacción natural con el medio que mantiene el habitante salvaje de nuestra fauna.

    No hace mucho, el zorro que astutamente campea por los prados y bosques de mi entorno, no se percató de que, a pocos metros de su posición, había una figura bípeda caminando lentamente hacia donde él estaba. Esa figura era yo que, al verle a escasos cinco metros de mi silueta husmeando por el prado, me agaché para camuflar mi perfil y, semioculto entre las hierbas, aún de poco porte acordes a la temporada, pude apreciar cómo se movía, de qué manera usaba las orejas como antenas parabólicas orientadas al suelo y al frente, cómo hundía el hocico en la tierra.... Me incorporé un poco para poder verlo mejor y logré una captura con mi cámara de fotos, deficiente debido a la escasa luz del atardecer y a la prisa por realizar la toma sin ser descubierto, pero suficiente para ver su belleza cuando quiera evocar el momento. Pude admirar a corta distancia cómo olisqueaba al viento, con los ojos casi cerrados, hasta que de repente me percibió, miró un instante hacia mí, lo que provocó un cruce de miradas de un segundo y desapareció corriendo en sentido opuesto al que me encontraba.

    Esta misma circunstancia me ha sucedido un par de veces con el aún más esquivo gato montés, que ajeno al entorno en un lugar para él seguro y suficientemente despejado para poder apreciar cada movimiento que se produzca en el paisaje más cercano a él, descansaba con indiferencia hasta que algo le alertó de que una figura inmóvil estaba a pocos metros de él, observando con fascinación su silueta. Mi quietud le puso vigilante y fijó su mirada en mí.  Fueron unos instantes fascinantes en los que el gato salvaje y yo nos estudiamos con la mirada hasta que, un leve movimiento mío provocó que huyera como un rayo hacia el cercano bosque protector que lo engulló. Dos ocasiones más me ha brindado el félido de verle tan cercano, oculto yo por las sombras que deja el matorral de rosáceas y endrinos en las horas próximas al atardecer, mientras él se muestra en el soleado prado patrullando hasta que sus sentidos atisban un ligero movimiento entre las hierbas segadas. Se detiene en apariencia casi exánime, como una estatua, mirando fijo hacia el punto donde sabe que hay un pequeño animalillo y espera inmóvil hasta que, como un resorte, da un salto quedando suspendido en el cielo un instante, para abalanzarse con sus patas delanteras hacia el punto donde un pequeño roedor no ha guardado la cautela suficiente y, sólo el azar, le salva la vida o le condena a ser el alimento del felino salvaje. Caminando en silencio y guardando el sigilo preciso, a menudo le observo en comportamiento de caza, sentado con los ojos entornados o casi cerrados o patrullando lentamente hasta que se da cuenta de mi figura y se marcha de nuevo a protegerse bajo el dosel arbóreo. Hay en mí una fascinación por el comportamiento del animal que me deja petrificado, y un respeto para tratar de no ser visto por él, perturbando un espacio que, aunque compartido, considero que es más suyo que nuestro.

    No hace muchos días, una joven golondrina recién caída del nido, me miraba aterrorizada y temblorosa. Mi única intención era arrimarla a uno de los nidos del que supuestamente había caído para facilitar que los progenitores pudieran seguir alimentándola. Quería dejarla además algo resguardada, fuera de miradas curiosas de alguna urraca que por allí suele pasarse, o de la garduña, armiño o comadreja que recorren los tejados de la finca. Armado con un recogedor de la escoba, logro acorralarla y capturarla para llevarla, aferrada al borde del cogedor, hasta un poyete próximo a dos nidos que tengo bajo el techo del desván. Quiere volar, pero no puede. Un ala está completa, pero al otro le faltan algunas plumas que parece que están brotando nuevamente del cañón. A saber qué ha podido motivar su caída. Algún depredador que lo descubriera quizás y, cuando ya lo tenía, fue rescatado in extremis por la familia en conjunto; o simplemente por un acto de voluntad, al querer volar antes de aprender a hacerlo. Instantes después de dejarlo, los padres aparecen y, aupado por el poyete, el polluelo comienza a emitir su lastimero chillido para forzar a ser alimentado mientras se mueve de un lado a otro llamando su atención. Desde mi improvisado “hide”, que no es otro que una cortinilla instalada en la puerta de mi casa, observo cómo le van alimentando, alternando los viajes para alimentar a la prole del nido en ocasiones, y en otras al travieso fugado.

    Escribo esto en el patio, a pocos metros de donde está el polluelo, mientras me sobrevuelan las golondrinas que se cobijan año tras año bajo mi techo que, incansables, van y vienen mientras alimentan, ajenas a mí, a todos los eclosionados púberes. Se posan casi a mi lado, descansando hasta que me muevo para ir a coger algo de casa, lo que les hace echar nuevamente el vuelo. El polluelo sigue ahí. Alguna mañana le he visto recorrer el patio y perderse entre la hierba del jardín, llamando desde su nueva ubicación a sus padres para que le den de comer en aquel oasis verde del que se ha apropiado. La distancia que provoca el miedo se ha acortado notablemente, sólo temen ya el movimiento, no la cercanía o la presencia míos. Esta circunstancia me ha hecho reflexionar sobre ese miedo que, lejos de ser un defecto evolutivo, proclama un avance evolutivo para su supervivencia.

    El miedo en el reino animal no es un defecto, sino un mecanismo biológico vital para la supervivencia que actúa como un sistema de protección automatizado. A lo largo de millones de años de evolución, las especies que experimentaron miedo desarrollaron una ventaja adaptativa crucial: la capacidad de anticipar el peligro y reaccionar antes de convertirse en la cena de un depredador. Y nuestra especie no ha llevado un camino distinto en este sentido.

    Cuando el cerebro animal detecta una amenaza, activa de forma inmediata el sistema nervioso simpático para ejecutar una de las tres respuestas adaptativas clásicas:
    · Huida: Activar el sistema cardiovascular para enviar oxígeno masivo a los músculos. Esto permite correr a máxima velocidad, como hace una gacela al divisar un guepardo.
    · Lucha: Afrontar la amenaza de manera agresiva si la huida es imposible. El cuerpo libera adrenalina para maximizar la fuerza física defensiva.
    · Parálisis (Tanatosis): Simular la muerte o quedarse completamente inmóvil. Muchos depredadores ignoran los cuerpos sin movimiento, lo que salva la vida de insectos, reptiles y zarigüeyas, por ejemplo.

    A nivel cerebral, la amígdala es una estructura compartida por la mayoría de los vertebrados (desde peces hasta humanos) encargada de procesar esta emoción. Experimentos científicos demuestran que, si se extirpa o daña la amígdala de un animal, este pierde por completo el sentido del peligro, volviéndose vulnerable y reduciendo drásticamente su esperanza de vida en la naturaleza
    Un fenómeno evolutivo alarmante es el "paisaje del miedo" que genera nuestra especie. Investigaciones recientes en la sabana africana demuestran que los animales salvajes temen más la voz humana que el rugido de un león. Cualquier conversación humana provoca la huida masiva de elefantes, jirafas o leopardos. No cabe duda de que somos un superdepredador en la memoria evolutiva de la fauna.

    Podemos observar ciertos comportamientos sobre las consecuencias del miedo, por ejemplo, en mesodepredadores. Estos medianos carnívoros temen al humano y caen mortalmente en las trampas que para ellos constituyen los artefactos o vías comunes en nuestra vida cotidiana, como canales de riego, carreteras, etc. Pero estos animales tienen también un temor muy fundado hacia los grandes carnívoros y buscan esos espacios de ecotono entre los poblamientos humanos y la naturaleza, donde los grandes carnívoros evitan acercarse también por miedo, para realizar su vida cotidiana. Han aprendido a vivir entre nosotros para evitar a sus otros depredadores, tal vez porque el humano es más predecible y fácil de evitar para estos medianos bichos que el oso, el lobo o el lince, con los que no tendrían ninguna oportunidad. Para un mesodepredador, esquivar a un humano es una tarea fácil, somos rutinarios y predecibles; esquivar a un lobo que patrulla sigilosamente su territorio es casi imposible. Entra aquí en juego la paradoja del miedo y el escudo humano, e introduce a estos animales en una trampa ecológica, al toparse con peligros para los que su evolución no les ha preparado.

    No nos olvidemos de nosotros mismos. Como animales que somos también reaccionamos al miedo y hemos generado cambios en nuestra biología, decisiones e incluso en la estructura de la sociedad en que vivimos. En muchos casos, es un desajuste evolutivo que imagino que irá evolucionando con el tiempo para adaptarse a la nueva realidad. Reaccionamos ante amenazas abstractas con el mismo mecanismo de estrés que tendríamos si lo hiciéramos ante un depredador salvaje de los que convivía con nosotros en nuestro hábitat pretérito. Liberamos cortisol o adrenalina como defensa para la huida o la lucha, un sistema este diseñado ante amenazas agudas y físicas. Pero hoy nuestro depredador fundamental no sólo es este, es más abstracto y el estrés que provoca se cronifica, dañando el sistema inmune y nuestra toma de decisiones a largo plazo. Modificamos también nuestro hábitat diseñando las ciudades y barrios en función del peligro percibido; creamos urbanizaciones cerradas y con seguridad para protegernos de la criminalidad exterior; iluminamos las calles para sentirnos más seguros ante esa circunstancia criminógena; evitamos ir a ciertos lugares o a ciertas horas restringiendo nuestro radio de acción al igual que lo hacen los animales para evitar a sus depredadores… Nuestro miedo ancestral a la naturaleza indómita (la selva, los lobos, los grandes felinos, la oscuridad…) impulsó durante siglos la destrucción de hábitats y la erradicación de esos grandes carnívoros a fin de hacer los entornos más seguros para el ser humano. Dejábamos así a las montañas como algo indómito y salvaje y, hacia ellas, huyeron todos los animales que nos atemorizaban y que sobrevivieron a nuestro empuje. Luego llegó el romanticismo y comenzó nuestro despertar hacia la naturaleza. Pasamos de ver el bosque como madera, el río como fuente de energía y la montaña como un peligroso obstáculo, a empezar a sentirlo como un reflejo de nuestro alma. Nuestro miedo evolucionó.

    No dejemos de lado el famoso estudio sobre la reintroducción del lobo en Yellowstone y los efectos que aquello tuvo en todo el ecosistema, algo que, quien no lo conozca, puede verlo con sólo ponerlo en el buscador de internet. Pero no quiero dejar de añadir un comportamiento de una especie ante el miedo y que he descubierto gracias al podcast del Camarote de Darwin:

   -El tejón melero

    El tejón melero (Mellivora capensis) es el ejemplo evolutivo perfecto de cómo un animal desafía el mecanismo del miedo mediante una estrategia de agresión extrema y defensas físicas casi impenetrables. Inscrito en el Libro Guinness de los Récords como "el animal más temible del mundo", este mustélido no carece de la biología del miedo, sino que su evolución lo programó para responder siempre con la lucha absoluta en lugar de la huida

    A diferencia de otros animales de la sabana que huyen al ver un depredador superior, el tejón melero carga directamente contra leones, leopardos y hienas. Esta ausencia aparente de miedo es una táctica psicológica evolutiva: a los grandes felinos no les compensa el gasto de energía ni el riesgo de sufrir heridas graves en los ojos o los genitales (zonas que el tejón ataca prioritariamente) por una presa tan pequeña y difícil de digerir, con lo que evitan el enfrentamiento con él.

    La aparente "ausencia de miedo" en animales como el tejón melero o el glotón no se debe a que sus cerebros carezcan de amígdala, sino a una reprogramación evolutiva extrema de su sistema de evaluación de amenazas. En lugar de anular la emoción, la evolución modificó radicalmente cómo responde su cuerpo ante el peligro mediante varios mecanismos biológicos:

    1. Modificación de la Respuesta Límbica (Lucha vs. Huida)
    En la mayoría de las especies, la amígdala cerebral procesa una amenaza y activa la huida para preservar la vida. Sin embargo, en estos mustélidos, el circuito neurológico está genéticamente preconfigurado para saltarse la opción de huir o congelarse. Ante un estímulo de peligro extremo, su hipotálamo y glándulas suprarrenales liberan un cóctel masivo de adrenalina, noradrenalina y cortisol enfocado exclusivamente en la agresión defensiva. 

    2. El Factor Velocidad: Imposibilidad de huir
     Anatomía lenta: El tejón melero tiene patas cortas y una velocidad máxima de apenas 24-32 km/h. Un león (80 km/h) o un leopardo (58 km/h) lo atraparían en segundos si intentara correr.
     Selección natural: La evolución eliminó el impulso de huida en su cerebro porque los tejones que huían morían devorados. Solo sobrevivieron los mutantes genéticos que se daban la vuelta para pelear con furia ciega, convirtiendo la agresión en su única respuesta adaptativa viable.
 
    3. Tolerancia Extrema al Dolor y Endocrinología
    Estos animales poseen una densidad altísima de receptores de endorfinas y un sistema nervioso capaz de bloquear temporalmente las señales de dolor durante el combate. Al no procesar el dolor de forma inmediata (gracias a la inhibición inducida por el estrés de la batalla), el cerebro no recibe la señal de "retirada", permitiéndoles seguir atacando fieramente a pesar de estar gravemente heridos.

    4. Retroalimentación de Dopamina
    Los estudios etológicos sugieren que el sistema de recompensa cerebral de estos depredadores funciona de manera inversa ante el peligro. Mientras que en una cebra el peligro genera pánico y estrés negativo, en el tejón melero o el glotón la confrontación activa vías dopaminérgicas. El cerebro recompensa la audacia y el éxito al ahuyentar a un rival superior con oleadas de dopamina, reforzando evolutivamente su temperamento temerario.

    Nuestra sombra es quien gobierna el mundo que conocemos, tal y como sugiere Ripple. La distancia que el mundo salvaje se autoimpone sobre el civilizado es la última frontera, un fino hilo que sostiene un equilibrio cada vez más inestable.

Libro recomendado y usado como idea central para elaborar este post:
- Ecología del Miedo de Jens Soetgen


 


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