Otoño
Hoy he querido acudir a uno de esos rincones recónditos y ocultos de la montaña para sumergirme en el otoño que comienza a lucir sus incipientes galas. Un cambio en la climatología ha sido la llave para que la estrenada estación exponga sus atributos ocultos abriendo la puerta para que entre con fuerza en la montaña cantábrica.
Mis primeros pasos por la senda captan los
sonidos otoñales, tanto el del evocador petirrojo cuyo susurro acompaña y pone
la banda sonora a los días nublados y ocres, como el --no tan lejano como
quisiera-- estruendo de los disparos que rugen en la montaña como un león en la
selva, dejándola después en perfecto silencio. Sólo mi llegada al arroyo que
entona su rumor bajo el hayedo entonando una sinfonía dorada por el inminente
atardecer, es capaz de atenuar hasta silenciar, el clamor sangrante de la
muerte que aterroriza el valle con su latigazo traicionero.
En la expuesta senda, donde el valle
antropizado se extiende a un lado mientras al otro es el bosque quien impone su
nota de silencio, se escucha a la bandada de mitos revolotear de árbol en
árbol, he visto a la garza en un pequeño bodón de agua pegado al camino y a los
vistosos carboneros perseguir a los mitos por esa zona arbustiva. Hay numerosos
rastros de paso del oso pardo, del zorro y del lobo que, lejos de ensuciar,
engalanan el sendero poniéndole un marco salvaje. El chirrido otoñal del
petirrojo me hace mirar hacia el endrino, donde su pecho carmesí contrasta con
los azules frutos y las hojas aún verdes.
Hay un sonido que ya no se escucha, y es el
del ciervo cuyo celo marca el calendario de la naturaleza. No es que los
disparos lo eclipsen, sino que ese trueno traicionero directamente lo aniquila,
borrando del paisaje sonoro la berrea del ciervo que ahora se oculta en lo más
recóndito del bosque para salvar su vida. Se ha olvidado del harén de hembras
al que opta para dejar su impronta genética en las montañas. Es ese ciervo, al
que admiramos en la lejanía clamando por su territorio, expuesto para mostrar
su ramificada corona que le erige como rey de sus dominios, el primero que
caerá víctima de la codicia humana por poseer el trofeo que le engalana. Otros
más tímidos, más débiles o simplemente más cautos, serán quienes se hagan cargo
del harén dejando su genética en la montaña. La fuerza y la belleza salvaje
serán derrotadas en favor de la cautela y la mediocridad, que quedarán impresas
en el tapiz genético de nuestras montañas.
Hace muchos años que el cazador no sale al
campo buscando la proteína necesaria para sobrevivir, eso nos lo trajo la
domesticación del neolítico. Hoy se busca la adrenalina del disparo, el inmenso
poder de ser quien decide o no quitar una vida por el hecho de acarrear un
trofeo para la rústica pared de la bodega o catar el burgués bocado de ingerir
algo de carne no domesticada. Ya no se le puede llamar cazar, eso simplemente
es salir a matar.
El lobo caza, el zorro y el gato montés
salen a los prados a cazar, el hombre únicamente sale a matar.
Perdido ante estas reflexiones, un movimiento en el suelo me devuelve al entorno. Estoy al lado del riachuelo, que salta alegremente tras recoger el agua de las lluvias de estas últimas semanas, y algo entre la hojarasca capta mi atención. Un sapo trata de huir pero, al ver que me he percatado de ello, se detiene y queda inmóvil. Aprovecho para retratarlo con mi cámara y, cuando recojo y me muevo un poco, veo que él también trata de eludirme para detenerse nuevamente cuando lo miro, tratando de confundirse con el suelo. Es como volver a jugar al popular “escondite inglés”.
Doy por ganador al sapo y me introduzco en
el bosque, caminando a la vera del arroyo. El ambiente que el inminente
atardecer dibuja bajo el dosel es inigualable, la luz dorada se inflitra hacia
el suelo, dotando al entorno de una profunda sensación de paz. Allí pierdo la noción
del tiempo. Me distraigo observando las primeras hojas caer al arroyo y dejarse
llevar por la corriente, mirando el agua fluir y despeñarse en los pequeños
saltos, inhalando los aromas que exhala la tierra. Todo es evocador, incluso la
soledad buscada para estar en ese lugar, al albur de mis pensamientos, lanzando
al río cada brizna de melancolía para que navegue por él como hace la hoja del
haya rendida, tratando de alcanzar el sueño del piélago que se atisba en el
horizonte azul del Cantábrico.
Pero a menudo la soledad buscada no es la
pretendida, se acompaña de una sombra permanente que nubla la razón y se
muestra en mis sueños, se materializa tras cada suspiro e inmediatamente vuelve
a fundirse con el entorno, dejándome claro que como un sueño que es, no deja de
ser algo etéreo que se diluye tras cada despertar. Un sueño que, navegando
sobre la hoja cobriza del haya, busca ese piélago y trata de alcanzarlo como si
fuera esa su más alta meta.
La noche me ha vuelto a capturar en lo más profundo del bosque, sentado sobre un tronco que cayó hace varias primaveras y sirve como puente a algún tipo de fauna, el cual aprovecho para situarme frente al arroyo. Hay que volver. No es difícil desandar la senda por la que he venido, lo peor es salvar un par de pasos cruzando dos afluentes sobre la roca húmeda, pero una vez superados, todo es un bucólico paseo nocturno, donde el rumor del río no es capaz de acallar al cárabo ni al ladrido del corzo, sobresaltado por mi presencia en su hogar. El corzo también ha escuchado los disparos, que aún persisten cuando salgo del abrigo del bosque y transito por la expuesta senda que me lleva donde dejé mi vehículo. Sabe lo que significa cada estruendo que resuena en la noche. Hoy están lejos, no se tiene que preocupar. Mañana pueden estar en su terreno y sólo la suerte impedirá que sea él quien sucumba bajo la tiranía del plomo fúnebre que anuncia la dictadura del humano.
Marcho a mi guarida, pero allí queda, como
otras veces, una parte de mi esencia vagando desvanecida entre las brumas del
otoño. Allí queda mi fantasma, cuya silueta ingrávida flotará a merced de los
vientos hasta mi regreso, cuando volverá a fundirse de nuevo en mi silueta.



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