Aprovechando San Valentín... Lo que no sale en las películas románticas
"Quien lucha con monstruos debe ver que no se convierta a su vez en un monstruo. Y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti." Nietzsche
Se inicia con la vista, quizás continúe con
el oído, pero la mirada es quien inicia el sendero hacia el abismo.
El sentido de la vista es el que empieza a
dar las primeras señales de alarma al cerebro, activando una red sensorial que
a su vez activa a ese panel central el cual, para protegerse, emite señales
acústicas en forma de pensamientos que resuenan como una voz de alarma en la
mente para difuminar los sueños y volver al pragmatismo de lo imposible. Hasta
aquí puede funcionar el mecanismo de autoprotección si con él se aísla al resto
de los sentidos. Pero de repente puede suceder que el oído tome partido en el
juego. Estamos perdidos. Una vez que estos sentidos se aúnan, la señal que
llega al cerebro empieza a apagarse, se disipa mientras un mensaje onírico empieza
a colarse en el hueco donde el alma reposa.
Es ahí cuando entra en juego el corazón; no
la víscera en sí, sino el sentimiento que oculta en cada latido que te da vida.
En esta fase ya caminas al borde del abismo.
Los latidos marcan el ritmo de tus pasos, que se encaminan con ingenuidad hacia
un oasis. Pero ese paraíso que crees atisbar es a menudo un espejismo. He aquí
el camino del soñador, una senda yerma que no tiene fin.
Llega un momento en el que el tacto quiere también tomar parte en esta
historia, ser un protagonista más actuando en forma de caricia sobre sus
mejillas o ejecutando el acto que sólo tiene cabida en la expresión portuguesa “cafuné”,
pero frenas ese impulso hasta que alguna leve seña te indique que puedes pasar
a ese nivel. Quizás en un momento dado puedes tomar su mano entre las tuyas y, tras
una mirada cómplice, acariciar su mejilla con el dorso de tu mano o atusar
cuidadosamente sus cabellos para que estos se deslicen entre tus dedos. Habrás
traspasado, en ese caso, una nueva frontera, pero el otro sentido que queda por
participar querrá hacerlo; tus labios querrán rozar los suyos dibujando su
contorno con las pinceladas de un suspiro, un simple cosquilleo semejante al
aleteo de una bella mariposa, que susurra versos que no se recitan con
palabras. Querrás aspirar también su esencia, embriagándote con el aroma de su
piel o sus cabellos áureos, pero precisas para ello una cercanía inalcanzable.
Es en ese punto de la historia, cuando el
abismo te atrae hacia su fondo invisible tratando de engullirte. En ese momento
sólo sus labios, una caricia suya o una mirada cómplice serán la barandilla a
la que puedas aferrarte para no caer. Si algo de eso falta te precipitarás
hacia las eternas profundidades y será tu estómago quien tome parte en la
historia, encogiéndose como si lo estrujaran desde dentro. Pero eso que crees
sentir en las entrañas no es otra cosa que el dolor irradiado de un corazón estrangulado,
sintiendo el vértigo de la caída. A partir de ahí siempre estarás cayendo.
Esto es una historia de amor para un San
Valentín real, al menos la que yo por experiencia conozco. Si hay otro tipo de
leyendas que versen sobre amor correspondido fuera de las novelas o películas
románticas, yo no puedo contarlas sin acudir a la ficción, y esta es la
historia:
La vi de lejos, y mi cerebro me alertó de los
peligros, riesgos que veía lejanos e imposible vivirlos hasta que un día me
habló, me sonrió y nos acercamos un poco más. Hasta ahí pudo deberse a una
casualidad, pero el tiempo fue difuminando el velo de cordura que me protegía y
me dejó a merced de un abismo que aún no percibía, hasta que un día tomé su
mano un instante y miré hacia el piélago de su mirada, abriéndose ante mí en
ese momento todo el desfiladero que hasta entonces permanecía invisible a mis
ojos. Busqué una barandilla, una cuerda o algo que me sostuviera y mitigase el
vértigo, pero no encontré nada y caí. En mi irremediable descenso, mientras empezaban
a desvanecerse los versos soñados de cuando aún caminaba sobre la arista del barranco,
percibí su figura asomada al precipicio, pero el velo que me protegía de los
riesgos, las señales de alarma que debían revelarse, ya no están para
salvaguardarme acudiendo a disipar los celajes quiméricos que nublan mi
cerebro, resurgiendo nuevamente en mi memoria esos versos soñados en tinta
invisible que me acercan cada vez más a las candentes tinieblas del averno.
Esta es mi verdadera montaña. Deambulo aún perdido en sus laderas buscando la manera de alcanzar la cumbre, pero cada intento de ganarla supone un tropiezo, una caída al abismo y un nuevo comienzo superando otra vez el camino ya conocido. Creo que conozco cada rincón del bosque, cada brizna de hierba que crece en los prados alpinos y cada cristal de hielo que reposa en su glaciar, lo único que me queda por conocer es su cumbre. Decía Nietzsche que para alcanzar la cumbre es necesario haber transitado antes por el abismo. Yo le conozco bien. Hay personas a quienes se les niega, por una u otra causa, esa cima, y su cénit consiste en transitar únicamente recorriendo los abismos. Para otras personas quizás su única cumbre esté en el abismo en sí y ha de aprender a vivir en el fondo. Según sean las características de cada cual, la cumbre puede estar situada en un punto diferente del sendero que conduce a la culminación de la montaña, no todos tenemos cabida allí arriba y, aunque en nuestros sueños esté llegar algún día, vivir de espaldas a la realidad sólo hará que la cima a la que por naturaleza jamás podríamos llegar, quede incluso más abajo de donde ahora nos hallamos. Pero en el día de San Valentín al menos, hay que mirar hacia esa cúspide inalcanzable y estirar la mano, pero con los pies bien plantados en el suelo para no perder la posición a la que has llegado si la cumbre no tira de ti hacia arriba.


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