SOLEDADES. Segundo día
El bosque se cierra a mi paso. Atrás dejé los prados y al gato montés llenando con su presencia el paisaje. Los frutos del otoño empiezan a imponer sus aromas y colores al paisaje, pero en el bosque todo es penumbra, sólo el arroyo rompe el silencio con sus pequeños saltos y jugueteos. Descubro allí una huella que inunda el bosque y le da vida. El oso anduvo por él.
No es una huella cualquiera. Es una traza
ancha, profunda, con su contorno bien dibujado en la tierra húmeda tras las
lluvias que han acudido estos días para despedir llorando al verano. Detengo
mis pasos. El silencio del hayedo cobra ahora otro significado: ya no es una
quietud vacía, se percibe el respeto reverencial que el bosque profesa a su
rey. Porque el bosque aquí no es un conjunto de árboles, no; el bosque es todo
aquello que cobija la arboleda. Es la vida que atesora un entorno en el que no
soy bienvenido. Miro a mi alrededor a sabiendas de que no voy a ver al
plantígrado, afino el oído para escuchar cualquier rumor que provenga del
interior de la floresta y un cercano estruendo me paraliza. Ese ruido es un
sonoro graznido; la voz de alarma del arrendajo advirtiendo de mi presencia en
sus pagos.
Sigo por la senda que acompaña al arroyo, ascendiendo despacio, con el corazón latiendo al ritmo que impone la montaña. En un instante, la densa arboleda que me cobijaba se abre ante mí como una cortina, dando paso a un soberbio mirador natural de roca donde una cascada ruge con fuerza partiendo en dos el arroyo. Pero el verdadero premio aguarda al levantar los ojos: el dosel del bosque se agacha para dejarme frente a la inmensidad. Allí, bañados por los primeros hilos de oro del atardecer cantábrico, los Picos de Europa emergen como un castillo de piedra flotando sobre un mar de niebla.
Dejo que la noche me envuelva. El atardecer
declina mostrando sus colores más cálidos hasta que un velo de azabache me
cubre mientras desciendo entre el robledal. Ya no hay sombras, sino una
penumbra infinita. Escucho rumores y pisadas en el bosque. Me detengo. Se
detienen. Sigo mi camino alumbrado por la tenue luz de mi linterna que
únicamente me indica los accidentes del relieve del sendero para evitarlos, el
resto es una dicotómica realidad de tensa calma oscura que sólo comprenden
quienes han caminado alguna vez bajo la oscuridad de los bosques cantábricos,
donde el oso, el lobo, el jabalí o el ciervo encuentran su último refugio antes
de caer al infinito Cantábrico.


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