SOLEDADES. Primer día
El verano empieza a mostrar fatiga. Los frutos otoñales ya despuntan en las ramas y la fauna asociada se empieza a mostrar tras un verano tórrido donde la gente ha llenado muchos de los parajes naturales que cobijan a nuestra fauna. Hoy, último día de agosto, la montaña parece haber recuperado la normalidad que perdió durante los meses del estío. Hoy no he encontrado ninguna masa humana recorriendo los senderos, atascando los accesos a espacios protegidos o lugares de interés natural o paisajístico. Estoy solo, disfrutando de un aislamiento buscado para poder concentrarme en lo que me dice la naturaleza, no en el ruido de la masa vulgarizando el entorno.
No es malo que el ser humano se interese
por el medio natural, que quiera escapar de sus entornos urbanos para perderse
entre la arboleda o recorriendo el pequeño sendero que va en paralelo al arroyo.
Es una conducta que nos debe de hacer reaccionar para crear en nuestros
entornos más próximos aquello que buscamos cuando escapamos de ellos. Demuestra
nuestra biofilia, esa afinidad innata por el mundo vivo y no por el universo
inerte que hemos creado a nuestro alrededor. Una solución para ello es la regla
del 3-30-300 (todo ciudadano debería ver al menos 3 árboles desde su casa,
vivir en barrios con un 30% de cobertura vegetal y a menos de 300 metros de un
espacio verde de calidad). Aun así, seguiríamos escapando a entornos
diferentes, aquellos que nos aportan otro punto de vista de la naturaleza,
buscaríamos montañas si vivimos en la llanura, océanos si a nuestro alrededor
hay tierras mesetarias de secano, grandes valles fluviales si vivimos en
pueblos recónditos de nuestras cordilleras... Lo malo de esta ecuación es la
masa en sí que se acumula en entornos señalados, causando perjuicio a éstos, su
geología o su biota. Y a la necesidad de soledad en la naturaleza que
deberíamos buscar, única amiga para descubrir los paraísos perdidos. Soledad,
tan denostada a menudo, como codiciada en otras circunstancias.
El indómito y solitario gato montés recorre con parsimonia su prado, siempre cerca del matorral que lo cierra o del bosque que lo circunda. Patrulla atento a cada movimiento hasta que un sentido le hace detenerse en seco, mira hacia un punto durante unos segundos en los que permanece inmóvil; tan solo se aprecia un leve vaivén en su cuerpo. Súbitamente acciona su mecanismo de salto y despega, cayendo en el punto exacto donde su mirada se posó. Se queda un momento tumbado, levanta la cabeza, mira alrededor, y se sienta. Ha fallado.
Un corzo sale del bosque y se detiene en
ese prado. El enigmático gato sigue sentado ajeno a la presencia del fitófago,
pero éste no deja de mirarle en la distancia. El gato ya lo ha visto, le mira
con indiferencia mientras permanece en su parcela. Quiero pensar que también se
ha percatado de mi presencia, pero mi inmovilidad y la distancia no le
intimidan, no así el corzo que, muy cerca de mi posición, no ha reparado en mi
presencia y continúa mirando al felino salvaje.
El corzo comienza a caminar despacio hacia la
posición donde el pequeño matador se encuentra relajado, comienza a acelerar
poco a poco hasta que empieza a correr. El gato se percata de que el animal va
hacia su posición a la carrera, se levanta con celeridad y echa a correr hacia
los matorrales que tiene frente a él huyendo del pequeño cérvido. Al parecer el
gato estaba en el trozo de prado donde la hierba es más jugosa y apetecible
para el herbívoro y ahí se detiene, comenzando a pacer despreocupadamente una
vez ha expulsado a su rival valiéndose de una jerarquía que yo no esperaba, la
del alimento y la necesidad. Ambos buscan la soledad, pero por un motivo
diferente al nuestro.
Me marcho de allí con sigilo para que
ninguno de los dos animales me vea y continúo mi deambular.
El sendero que me acerca al arroyo lleva,
pese al inminente otoño, todos los colores del año. Los tojos florecidos
amarillean, acompañando al brezo cuya flor lo adorna con matices morados, el
verde matorral está despuntado por purpúreos frutos del endrino mientras las
zarzamoras alternan sus rojos y negros coloreando la espesura. Bajo ellos un
tapiz verde de helechos y sobre ellos, el cercano bosque muestra un verde
fatigado esperando a que su envoltura mute y se desnude para descansar por fin
de los rigores del verano. En medio de la senda un rastro de oso me informa,
con solo mirar, qué alimentos ha ingerido en su paso por aquí unas horas antes
de mi presencia en el lugar. Poso mi mirada en la distancia, quiero descubrirle
lejos, alimentándose de algún pruno mientras me vigila con indiferencia, o
patrullando alrededor del cercado de las colmenas que atisbo a lo lejos, pero
no logro divisarle, sólo dos caballos llaman mi atención. Estará lejos, o bien
oculto, vigilándome desde la lejanía.
Ya bajo el hayedo, el arroyo discurre por
su cauce con poco caudal, pero conservando aún toda la belleza que le aportan
sus aguas. Mientras las lluvias otoñales no se hagan presentes con mayor
frecuencia, no colmará su cauce y seguirá fluyendo apacible, dejándose caer
suavemente por el desnivel.
Dos corzos que bajan a beber al riachuelo
me descubren sentado en una roca y suben hacia el interior del bosque. Ni el
silencio ni la quietud me han ocultado esta vez y uno de los dos, saltando
alegremente alrededor del otro, me mira mientras ambos desaparecen dejando tras
de sí el eco de sus ladridos. En el mismo arroyo, un pequeño mirlo acuático ha
sido testigo de este lance y, una vez terminado, sobrevuela el río pasando
frente a mí para buscar otro recodo más aislado.
Fuera del bosque, el paisaje se abre mostrando una gran nube que engulle las montañas hasta cubrir por completo su escarpada silueta para protegerla con su costra de algodón, mientras los matices del firmamento van mutando de los azules a los tonos cálidos del atardecer. La temperatura también desciende para ir equilibrándose a la estación que llega. Poso mi mirada hacia el oeste, donde las nubes aún no llegan, y en el cielo anaranjado se recortan todas las cumbres que aíslan estas tierras salvajes del norte de Palencia, mientras sobre ellas, venus emerge en solitario iluminando un punto del firmamento que empieza a oscurecer.
Dos zorros se cruzan en mi camino,
atravesando la carretera como una exhalación, dejándome ver no obstante su
esbelta silueta ese instante en el que le alumbran las luces de mi coche, antes
de perderse en la oscuridad de la noche.



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