La mirada salvaje de la naturaleza

 

 

"Era la sabiduría magistral e incomunicable de la eternidad riéndose de la futilidad de la vida y del esfuerzo de vivir. Era lo Salvaje, lo salvaje del Norte de corazón helado". Jack London

    Allí está, posado en una rama del enorme cedro del Líbano del Campo Grande. Fija con desdén su mirada en mi silueta lejana, mientras trato de captar en mi cámara fotográfica su figura con las últimas luces de la tarde. En seguida vuelve a su duerme/vela, entornando nuevamente los espejos del alma, que cesan su centelleo, y que sólo abre cuando escucha el aleteo de una bandada de palomas que huyen asustadas de algo que yo no percibo, para nuevamente cerrarlos y volver a su descanso. Quién me iba a decir que iba a poder ver, y además fotografiar, a tan espectacular ave en un parque urbano de mi ciudad.

    Desde la distancia y con las sombras ya cerniéndose, no pude ver la mirada del ave hasta que no revelé los raw de mi tarjeta. Sus ojos rojos fijos es algo impresionante y majestuoso, aportan a su mirada ese rasgo indómito de lo salvaje; es como enfrentarse cara a cara a la propia naturaleza.

    Esta imagen me trae a la memoria las palabras de Aldo Leopold en su ensayo “pensando como una montaña” sobre la mirada que percibió en una loba por él mismo abatida:

    Llegamos junto a la vieja loba a tiempo para ver un fiero fuego verde muriendo en sus ojos. Entonces observé -y desde entonces lo he sabido siempre- que había algo nuevo para mí en aquellos ojos, algo que solamente sabían ella y la montaña. Yo era joven en aquel entonces, y sentía una vehemente comezón por apretar el gatillo; pensaba que, ya que menos lobos significaban más ciervos, ningún lobo en absoluto, representaría el paraíso de los cazadores. Pero tras extinguirse aquel fuego verde, sentí que ni la loba ni la montaña compartían mi punto de vista.”

    He visto esa mirada vivaz en cada uno de los animales con los que me he cruzado en los bosques o montañas que recorro de mi cordillera cantábrica, ciervos, corzos, gato montés, todo tipo de pajarillos o rapaces diurnas, y hasta lo que creo que era un lobo con el que me crucé unos instantes y al que no pude ver más que desaparecer; pero esa mirada fija, altiva, se podría decir que orgullosa y altanera, es difícil que la olvide y para ello guardo la foto como un tesoro que, a buen seguro, cualquier persona con una equipo mejor y al menos un trípode para apoyarse y que la vibración no interfiera en la calidad de la imagen, podrá superar. Pero este es mi pequeño tesoro, una imagen que he robado a la propia naturaleza. El alma de lo salvaje.

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