Una jornada por los prados

 

"La flor del narciso mira al estanque,
se mira a sí misma con ojos de oro;
el agua suspira, se agita y se escapa,
mientras la flor se deshace en su lloro.

Así es mi amor, que a tu alma se asoma,
buscando el reflejo que nunca me das;
tú fluyes constante, belleza de hielo,
y yo, exánime y solo, me quedo detrás.

¡Qué tarde ha llegado este brillo a mi vida!
¿De qué sirve el oro si el tallo está roto?
Me asedia la sombra de tu amor esquivo,narciso que muere en un mundo remoto." Henrich Heine

 

    Con las primeras luces del día, en el prado que colinda la casa y asomado a través de la ventana, veo picotear en la hierba a dos camachuelos y un jilguero. Bajo corriendo (es un decir) a por la cámara y, ya pertrechado con ella, observo que aún siguen afanados en su sustento cuando, con toda cautela y sigilo, trato de abrir la ventana. Al asomarme de nuevo, ya con la cámara y oculto tras el muro, han desaparecido. Aguardo unos minutos, pero no regresan.

    Me asomo cada poco tiempo a una y otra ventana por si de nuevo volvieran, pero no lo hacen, así que planifico mi mañana con la idea de ver qué me depara caminar por los prados contiguos al pueblo donde paso la mitad del tiempo en estos últimos 5 años, dejándome acompañar por las tarabillas, carboneros, herrerillos, mitos, currucas capirotadas, mosquiteros o cualquiera de sus habitantes que, como estas aves que he logrado identificar sólo con un vistazo desde la puerta, se dejen ver por el entorno.

    Si el día anterior era casi invernal, con viento fuerte, lluvia y temperaturas que provocaban sensación térmica gélida expuesto en una pista a 1500 metros de altitud hasta la que logré llegar ascendiendo por uno de los más solitarios parajes que conozco, hoy la mañana se muestra soleada, con un viento más leve pero aún molesto y que lleva aparejado el frío que proviene del norte.

    No, no vuelvo a ver a la pareja de camachuelos, pero inicio mi recorrido observando a varias bisbitas revoloteando por los prados más cercanos junto a los caballos que allí pastan y a un par de agateadores trepando y destrepando por un chopo junto al arroyo. Decido entonces salir de la pista para adentrarme en el verde prado y moverme por él todo lo que me sea posible, vigilado esta vez por la atenta mirada del escribano montesino. El único sonido que escucho es el clamor de las aves y el susurro del viento; mi nostálgica mirada recorre el mosaico verde salpicado de amarillos narcisos y dientes de león, que se pierde justo en el límite con el robledal semi-desnudo, disimulado en sus formas por el cobrizo velo marcescente aferrado a él desde el otoño anterior y, a mi nariz, sólo llegan los perfumes de la incipiente primavera cantábrica.

    Un corzo se sobresalta y echa a correr hacia el vallado que separa el prado del bosque; lo sortea hábilmente agachándose y pasándolo por debajo para seguir corriendo hasta refugiarse dentro del robledal, desde donde repetidamente emite su potente ladrido de protesta dirigido hacia mí. Tras la adusta valla también tienen su morada la decena de bisontes europeos que, en fingida libertad, contemplan con domesticada indiferencia mi silueta mientras desaparezco a paso calmo entre los ondulados pastos.

    Hay un promontorio calizo al que nunca he subido, y hacia su cima me encamino. Sé que no me va a aportar panorámicamente nada que no pueda ver desde cualquier otro punto sin tener que esforzarme, pero quiero subir para que mi mirada al menos triunfe sobre la distancia, quiero capturar la modesta perspectiva del pequeño ave sin dejar de percibir los aromas fragantes de las xerófilas que brotan de entre los apretados huecos que quiebran la roca. Hoy quiero ser un herrerillo en lugar de un águila. Quiero tocar un techo, aunque sea modesto, mantenerme unos minutos en su cumbre asomado al precipicio, azotado por los vientos y asediado por la nostalgia, enterrando en ella el invierno de mi sombra exánime para bajar consumando una Anábasis tras la que reclamo el mundo con la fuerza de quien ya no teme al abismo.

    En el descenso atravieso una pequeña mancha de robles, quizás olvidada por el tenaz humano o quizás imposible de domar ante la fragosidad del terreno, donde el carbonero me persigue, el arrendajo alerta al bosque de mi presencia y el reyezuelo susurra mientras laborea entre las ramas. El impetuoso descenso me deposita en un vallado, hilo conductor que impone la frontera entre el bosque y el prado, entre lo humano y lo natural. Encuentro un hueco para sortearlo, pasándolo por debajo como hizo el corzo al que sorprendí momentos antes, y vuelvo a pisar la hierba húmeda sumergiéndome en su infinito verdor fragmentado por cristalinos hilos de agua provenientes del recién nacido manantial. Allí sorprendo al gato, tumbado dando la espalda al lugar de donde yo vengo, que una mirada menos perspicaz hubiera confundido con un accidente del terreno o una piedra más de las que delimitan la pradera con la senda. No espera a nadie por allí. Me detengo en escrupuloso silencio para admirar por unos instantes, hasta ser descubierto, su porte salvaje. Quizás lleve un tiempo mi cabeza resguardada en sus miserias e incapaz de cruzar la frontera de lo salvaje, pese a moverme habitualmente en ese mundo al que llaman agreste o inhóspito, pero un agudo sentido de pertenencia al medio me hace percibir cada movimiento de quienes tratan de vivir en lo salvaje, ajenos en la medida de lo posible a las miserias humanas.

    Me mira fijamente sin moverse de su posición una vez siente mi presencia y me descubre tras él. Yo me mantengo quieto, petrificado diría; él continúa inmóvil hasta que, tras un ligero movimiento mío, sale disparado hacia el bosque que habitualmente le cobija y desaparece como un fantasma que se desvanece en su castillo para formar parte de su silencio.

    En el prado, a lo lejos, el zorro husmea hasta que me distingue observándole oculto entre el matorral y huye también hacia la espesura. Horas después, sobre el bosque, un ronco bramido me hace levantar la vista hacia un punto en la ladera y allí, donde el aire arrecia, distingo al socaire a un grupo de ciervas con sus retoños casi invisibles entre la maraña. Muestran algo de nerviosismo ante mi figura a decenas de metros bajo ellas, pero, sin marcharse, al sentirse arropadas quizás por la distancia, observan mi silueta desaparecer descendiendo hacia los verdes tapices, cuyos arroyos ya comienzan a reflejar los opalescentes tonos del atardecer.

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