SEPTIEMBRE
Mediada la tarde detengo mi paseo para ver de nuevo al gato en su entorno, patrullando a sus anchas el prado o descansando. No sé si me ve y me ignora, o si mi sigilo y ubicación me hacen invisible, pero a unos veinte metros de mí puedo verle sentado, con aparente indiferencia, hasta que se levanta con toda calma y sale de la sombra que le cobija, moviéndose hacia el césped irradiado por un sol tardío que ya va declinando hacia el horizonte. Se detiene a pocos metros iluminado por el oro viejo del atardecer, queda inmóvil con una de sus patas doblada hacia arriba y el único y suave movimiento pendular de su cola. Acto seguido realiza un movimiento súbito hacia delante con un salto y cae revolcándose sobre la hierba. Aún tumbado levanta su cabeza de manera tímida, fija su mirada hacia un lado y otro con cierto aire de resignación comprobando que nadie ha visto su fallo, se levanta y, como si nada hubiera sucedido, echa a andar nuevamente hacia la sombra que dibuja el fresno sobre el prado.
Yo permanezco inmóvil tras el matorral que,
días antes, aún resplandecía repleto de jugosas zarzamoras que hoy deslucen
resecas. Pasan los minutos sin que el gato se mueva, está sentado y se muestra
perezoso, con desgana, hasta que de nuevo algo se mueve a su alrededor y se
levanta para dirigirse hacia ese punto concreto. Nuevamente se queda inmóvil,
con la vista fijada en un fragmento del prado y su cola meciéndose en
movimiento pendular, casi hipnótico. Esta vez no hay salto. Desiste de su
empeño y se vuelve a sentar con el sol dibujando su contorno mirando en la
dirección donde yo me encuentro. ¿Me mira a mí o simplemente observa sin fijar
la vista en ningún punto concreto? Sé que si me muevo el gato se sobresaltará y
marchará en sentido contrario a donde yo estoy, para ocultarse en el matorral
que cierra el prado, así que permanezco inmóvil todo el tiempo, no quiero
molestarle y deseo seguir atento a su devenir vespertino. Desconozco con
exactitud el tiempo que he permanecido allí, una hora quizás, hasta que el gato
salvaje comienza a caminar de manera errática en principio, para luego seguir
con decisión hacia otro prado más oculto. En cuanto desaparece de mi vista
aprovecho para marcharme pero, sin alejarme demasiado, decido permanecer
sentado unos minutos en un prado algo más elevado, permitiendo que el manto del
atardecer me acoja en su regazo mientras atiendo en completo silencio a los
sonidos de la montaña. El sol ya se ocultó y frente a mí, los colores mutan
hacia tonos cálidos sobre las redondeadas montañas que se dibujan en el
horizonte. Escucho muy cerca sonidos de algún animal que se mueve tras de mí,
pero no logro verlo; tengo vegetación que me oculta y esos sonidos de pasos
correteando resuenan tras el frondoso endrino. Cuando la luz ya es casi
invisible y la sombra ha ganado su lucha diaria contra ella, decido levantarme
y marcharme. No tardo en escuchar el sonido que me acompañaba durante ese rato
y, tras el matorral, un zorro se marcha sobresaltado. Corre unos metros y se da
la vuelta para mirarme de nuevo. Comprueba lo que quiere ver, y sigue corriendo
hasta desaparecer entre la arboleda.
En mi camino de vuelta, la luna en cuarto creciente da la espalda al véspero Venus que flota sobre un cielo que se apaga agonizante mostrando la más bella lumbre del ocaso. De nuevo me detengo a observar en silencio la estampa, mientras los grillos y otros pequeños habitantes que inundan el entorno natural proclaman su protagonismo en el paisaje.
Cuando el lienzo de azabache y oro se
despliega, hay un sonido que rompe el reino de silencio que envuelve la
montaña. A lo lejos suena un bramido, no tan lejos le sigue otro y otro más que
responde a ese reclamo desde mucho más lejos. La berrea del ciervo ha
comenzado. Busco un techo infinito para escuchar el lamento del ciervo y
dejarme llevar por su melancólico grito y sólo la Vía Láctea es capaz de darme
ese abrigo que persigo. Mientras atiendo cada reclamo, miro al firmamento
buscando una estrella que me invite a seguirla. Veo una, pero desaparece muy
rápido. Reparo en otra, sigo su estela un instante pero el cosmos infinito
también la absorbe irremediablemente. Ahora ya sé por qué el ciervo gime
mirando al cielo. Quiere, como yo, alcanzar esa estrella y sujetarla mientras
pide su deseo antes de que desaparezca, elevando su lamento a modo de lloro por
no lograr nunca su objetivo. Aprovecho ese juego travieso de la estrella fugaz
ante el indignado ciervo para volver a mi refugio a descansar, evocando en mi
sueño cada instante pasado moviéndome al compás de la naturaleza, a fin de consolidarlo
para siempre dentro de mi alma.
Septiembre encierra el alma de la montaña que en octubre despuntará para
cubrirse de rescoldos de rubí y destellos de bronce y carmín. En el sendero se
aprecia el rastro del oso; dos ciervos se apresuran tras percibir mi presencia:
descienden al fondo del valle alejándose en escasos segundos, para ascender
frente a mí y perderse desdibujados por la niebla que cubre la ladera opuesta.
Entre las nubes que juguetean con la arboleda se escucha levemente el clamor de
la berrea, algo apagado por el grito de los céfiros que anuncian la inminencia del
otoño. Un arcoíris brota desde el fondo del valle dibujando una cúpula perfecta.
La lluvia comienza a empaparme y la temperatura desciende de manera
considerable. Nada artificial o humano interrumpe mi visión; ningún sonido
humano perturba el paisaje. El verano ha terminado y de nuevo tengo la montaña
para mí.


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