Montaña y soledad

 Quiero volver rápido al mundo de fantasía, al mundo soñado y dejar atrás el anterior post que narra ese mundo real que nos sumerge en la penumbra de la sinrazón humana, pero no seré yo quien escriba, sino un alpinista, escritor y fotógrafo pictorialista italiano que vivió entre finales del XIX y principios del siglo XX, que logró alejar a la fotografía de la simple documentación para elevarla a las bellas artes. Escribió Guido Rey lo siguiente:

   “Marchar a pie, solo, antes de que despunte la aurora y, en la penumbra del valle, subir un sendero que conduce nuestros pasos sin fatiga y lleva rápidamente a la altura. Sentirse consciente sin necesidad de mirar, de que del cielo nos llega por doquier la luz, en grandes oleadas, bañando las cumbres una a una, descendiendo por todos los precipicios, penetrando en todas las gargantas… Al fin desciende la luz al fondo, halla el río y lo enciende de improviso en centelleos de plata, poniendo sonrisas en todo el valle. Ascender aspirando a grandes bocanadas el aire purísimo, percibiendo la fragancia de los troncos y de las hojas, mientras la sutil brisa nos acaricia el rostro y el rocío nos refresca los pies… Ir ascendiendo durante horas seguidas sin pensar en nada, sin reparar en el paso del tiempo, sin volver la vista atrás para mirar el camino, sin encontrar a nadie, avanzando en un silencio sólo roto por el gorjeo de algún ruiseñor o el tintineo lejano de una esquila. Continuar la ascensión sin reposo, inclinada la cabeza, el paso cada vez más vivo, como para llegar a tiempo a una cita. Hallarse al fin en un lugar desierto donde no hay sombra de frondas y se han desvanecido todos los senderos, donde sólo muy pocas matas de hierba aparecen diseminadas sobre la desnuda ladera inundada de luz, deslumbrante bajo la azul y celeste bóveda… Y, ya aquí, detenerse, dejarse caer en tierra con el dulce cansancio del esfuerzo realizado, permanecer tendido boca arriba sobre la tibia y perfumada ladera, hasta que se aquiete el tumulto de nuestro corazón en tanto que gruesas gotas de sudor recorren nuestro rostro y nos humedecen voluptuosamente el pecho… Y al cabo abrimos los ojos y vemos el firmamento, ¡nada más que el firmamento!”

Comentarios

Entradas populares de este blog

Minutos mágicos con el fantasma del bosque. Nuestro Gato Montés

BULLICIOSO DESPERTAR PRIMAVERAL

Que otros lo escriban por mi.