Un paréntesis en la naturaleza. Recordando el 11-M
Con todo mi respeto hacia quienes sufrieron y aún hoy siguen siendo víctimas olvidadas del atentado.
Era tal día como hoy del año 2004 cuando,
por la mañana temprano, me encontraba conduciendo de camino al trabajo. La
emisora que habitualmente escuchaba durante la hora de atasco que hacía de
puente entre mi domicilio y mi estancia laboral comenzó a narrar unas
explosiones que se estaban sucediendo en la capital, sin saber precisar qué era
y dónde se estaban produciendo. Recuerdo haber sorteado el atasco y a toda
prisa acudir a mi puesto laboral. La confusión era enorme cuando entré en la comisaría
donde estaba destinado en ese momento de mi vida profesional. Por la emisora de
mi distrito se escuchaba a los compañeros que habían estado de noche quienes,
junto a los primeros en entrar por la mañana, se encontraban en la estación de
Atocha atendiendo a infinidad de heridos por la explosión de un tren que
llegaba. Allí acudí en cuanto apareció el compañero con el que me tocaba estar
ese día. Cuando llegué al lugar, lo que presencié era algo para lo que nadie
está ni estará jamás preparado.
Eran aproximadamente las ocho de la mañana,
hora punta en Madrid, cuando con los lanza destellos me aproximaba al lugar.
Las calles del centro de Madrid estaban vacías, no había coches circulando, no
había gente caminando por la calle preciados, por Sol, por el paseo del Prado,
algo inaudito para lo que acostumbraba a ver a esas horas. Llevaba el Zeta
lleno de mantas que habíamos recogido de los calabozos para abrigar a los
heridos y colaborar allí en lo que se nos necesitase. Al descender por la
escalera cargado con los cobertores ya se percibía en el interior de la
estación un tremendo olor metálico que aún permanece como una cicatriz en mi
recuerdo. La sangre huele así. A medida que descendía iba repartiendo las
mantas a todo aquel sanitario que me la solicitaba, mientras veía cuerpos
tendidos, cristales y sangre cubriendo el suelo de la estación. Los quejidos de
dolor eran el sonido de fondo que se percibía, junto con las voces nerviosas de
personas de otros cuerpos policiales que se encontraban allí tratando de ayudar
en la evacuación de heridos; lo demás era silencio. Un compañero de la UIP
impedía el paso a un alto cargo, posiblemente del ayuntamiento, que pretendía
bajar hacia donde aún había peligro tratando de anteponer su cargo político a
la seguridad. Mientras era expulsado casi a empujones del lugar, yo descendía
por las mismas escaleras hacia los andenes; a diferencia de esa persona, yo era
alguien invisible que acudía altruistamente a ayudar, no a hacerme ver buscando
notoriedad. Una vez en el andén, el horror que allí se percibía no lo abarcaba
la vista: debía de sortear cuerpos desmembrados para poder llegar con las
mantas que me quedaban hasta el pequeño hospital de campaña que acababan de
montar; allá donde mirase veía un brazo, una cabeza, un tórax o cuerpos
aparentemente enteros tendidos inertes sobre el andén en inverosímiles
posturas… y en la vía, los restos de un tren con su panza abierta, de cuyo
interior humeante aún brotaba y era visible la sangre de quienes habían
encontrado allí una injusta, cruel y arbitraria muerte, debida a la sinrazón de
un egoísmo fratricida propio de cualquier grupo terrorista para quienes la vida
ajena no cuenta, sólo el seguidismo fanático a un ideal absurdo e irracional.
Lo sabía bien, ETA llevaba en España demasiados años matando. Teníamos aún
guardado en nuestra mente lo sucedido en las torres gemelas de Nueva York en
2001 y cada sonido que se oía, cada tono de móvil que sonaba de fondo, cada
crujido, nos ponía en alerta obligándonos a abandonar a la carrera los andenes
hacia una zona descubierta por el miedo a que otra bomba detonase y nos
enterrase para siempre junto a los cadáveres de la primera explosión. Tras
haber sido atendidos y sacados de allí los heridos, el cometido consistía en
reunir las partes desmembradas que encontrásemos, con el cuerpo del que se
suponía que habían formado parte en vida, para así facilitar el trabajo de
identificación de las víctimas y con ello poder dar un mínimo consuelo a
quienes llorarían su ausencia. Tras varias horas en el lugar, marchaba de allí
con un semblante circunspecto y sombrío que, con el tiempo, se fue corrigiendo
y con unos recuerdos que permanecerán para siempre almacenados en ese rincón de
la memoria desde el que afloran las pesadillas. Mi teléfono móvil no funcionaba
y me detuve en una cabina telefónica cercana a la estación mientras iba de
camino a realizar otras gestiones laborales inaplazables, pero que había
aparcado para estar donde debía; tenía que llamar a mi domicilio en Valladolid,
desde donde sabía que estaban viendo en las noticias lo que sucedía al igual
que yo mismo no podía en 2001 despegar la mirada de los noticiarios cuando
aquellos atentados de Nueva York. A diferencia de entonces, en esta ocasión yo
estaba dentro del escenario. Ya en comisaría y mientras diferentes fuentes
aportaban más datos, supe que la de Atocha no era la única explosión, y que
había asistido al peor atentado terrorista de la historia de mi país, empezando
a barajarse una autoría islámica como plausible. Si tres años antes pude ver el
atentado de Nueva York como espectador por la televisión incapaz de levantarme
del sofá que me enganchaba por lo irreal de lo que estaba sucediendo, del
atentado del 11M tardé tiempo en poder ver por la televisión las imágenes, no
quería revivir esos recuerdos guardados. No quería ver las manipulaciones, las
entrevistas amarillistas a las que se prestaron algunos que allí estuvieron
para darse autobombo, personal e institucional, a causa de la desgracia ajena.
En mi opinión hay que ser una fuerza invisible que actúa cuando se la necesita
y, cuando la necesidad termina, se debe volatilizar para confundirse de nuevo con
el asfalto de la ciudad. Esa es la virtud que hoy se ha perdido. Por suerte en
aquel año los teléfonos móviles aún no eran esos ordenadores portátiles que
llevamos todos hoy día en el bolsillo y la mentalidad de las personas que allí
estábamos no era la que hoy día nos lleva a pensar primero en grabar antes de
ayudar o en hacer la foto en lugar de huir.
Aquella noche salí a correr por un cercano
parque a mi domicilio en un pueblo en la falda de la Sierra de Guadarrama,
abrigado por los árboles y las tenues luces de las farolas, por el que me
limité a dar vueltas hasta que mi cronómetro señaló el final del tiempo que
previamente había marcado como entrenamiento. Mientras yo trataba de exhalar lo
vivido esa mañana soltando los demonios que empañaban mi mente, hubo por toda
España innumerables y a buen seguro bienintencionadas concentraciones de
repulsa y apoyo a las víctimas, que fueron rápidamente secuestradas por
indignos personajes que vieron en el brutal atentado que acabábamos de vivir,
una oportunidad para emerger del estercolero moral en el que habitan y cubrir
con la putrescencia que exhalan a una sociedad voluble ante la masacre vivida,
una masa social maleable ante el primer demagogo que levantara la voz cuando el
respeto exigía un silencio digno.
Lúgubres fantasmas flotaron por mi cabeza esa noche. A la mañana
siguiente volví a acudir al trabajo sin haber dormido y, dos días después, aún
con el olor a sangre en el uniforme, vigilaba el colegio electoral que me
correspondió y allí mismo me enteré de madrugada del cambio de gobierno en el
país, celebrado con incredulidad por los representantes del partido que logró
la sorpresiva victoria electoral.
Alguien dijo una vez que, si algo es
aceptado por la mayoría de la sociedad, seguramente sea falso. Creo que fue
George Bernard Shaw quien apuntó que "El hecho de que una opinión sea
compartida por muchos no es prueba de que no sea completamente absurda".
No lo sé. Pero estos sucesos me mostraron la doble cara del periodismo y la
política que, en base a ideologías personales o institucionales, nos daban
informaciones contradictorias sobre la autoría o las causas, y en las que la institución
a la que por aquel entonces llevaba casi diez años perteneciendo, y de la que
hoy día casi siento vergüenza, no era inocente tampoco al estar ya viciada por
el miasma de la política emergente.
Entre mis ideales no está el defender a
unos u otros, la experiencia nuevamente me ha dictado una cosa: Que aquello que
sabemos por los medios de comunicación de masas no es la realidad de lo que
allí sucede, sino una serie de recortes de la verdad, unidos de manera que
casen con un fin determinado por la ideología o intereses de quien lo cuenta.
También el tiempo me ha hecho crítico con
lo que se nos quiere vender como verdad absoluta y por ello me sitúo más en el
lado de quien se ve atacado por la propaganda oficial de los numerosos grupos
de manipulación que se apoyan y alimentan de nuestra sociedad.
Lo que sucedió en España tras los atentados
de Madrid fueron episodios que deberían de avergonzar a toda una nación que, a
día de hoy, aún no sabe quién fue el principal responsable de la masacre. Se
encauzó de manera aviesa a una sociedad aún convulsa por los hechos acaecidos
esa semana para criminalizar a quien de manera más o menos certera gobernaba en
ese momento, convirtiéndola en una masa fácil de manipular tras el atentado,
volcando de esa forma un resultado electoral en el que los sondeos, hechos días
antes, daban la victoria al partido que estaba en el gobierno.
España cambió el rumbo, nuevos tiempos,
nuevos actores. pero la misma podredumbre moral nos han ido empequeñeciendo aún
más. Sigo esperando el valor de quienes, a día de hoy, 22 años después, siguen
callando mientras la gangrena continúa, si es que poseen algún rasgo de
humanidad, carcomiendo su alma.

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