Un paréntesis en la naturaleza. Recordando el 11-M

 “Cuando la vida es más terrible que la muerte, entonces el valor más auténtico está en atreverse a vivirla”. Sir Thomas Browne, escritor inglés del siglo XVII.

Con todo mi respeto hacia quienes sufrieron y aún hoy siguen siendo víctimas olvidadas del atentado.

    Era tal día como hoy del año 2004 cuando, por la mañana temprano, me encontraba conduciendo de camino al trabajo. La emisora que habitualmente escuchaba durante la hora de atasco que hacía de puente entre mi domicilio y mi estancia laboral comenzó a narrar unas explosiones que se estaban sucediendo en la capital, sin saber precisar qué era y dónde se estaban produciendo. Recuerdo haber sorteado el atasco y a toda prisa acudir a mi puesto laboral. La confusión era enorme cuando entré en la comisaría donde estaba destinado en ese momento de mi vida profesional. Por la emisora de mi distrito se escuchaba a los compañeros que habían estado de noche quienes, junto a los primeros en entrar por la mañana, se encontraban en la estación de Atocha atendiendo a infinidad de heridos por la explosión de un tren que llegaba. Allí acudí en cuanto apareció el compañero con el que me tocaba estar ese día. Cuando llegué al lugar, lo que presencié era algo para lo que nadie está ni estará jamás preparado.

    Eran aproximadamente las ocho de la mañana, hora punta en Madrid, cuando con los lanza destellos me aproximaba al lugar. Las calles del centro de Madrid estaban vacías, no había coches circulando, no había gente caminando por la calle preciados, por Sol, por el paseo del Prado, algo inaudito para lo que acostumbraba a ver a esas horas. Llevaba el Zeta lleno de mantas que habíamos recogido de los calabozos para abrigar a los heridos y colaborar allí en lo que se nos necesitase. Al descender por la escalera cargado con los cobertores ya se percibía en el interior de la estación un tremendo olor metálico que aún permanece como una cicatriz en mi recuerdo. La sangre huele así. A medida que descendía iba repartiendo las mantas a todo aquel sanitario que me la solicitaba, mientras veía cuerpos tendidos, cristales y sangre cubriendo el suelo de la estación. Los quejidos de dolor eran el sonido de fondo que se percibía, junto con las voces nerviosas de personas de otros cuerpos policiales que se encontraban allí tratando de ayudar en la evacuación de heridos; lo demás era silencio. Un compañero de la UIP impedía el paso a un alto cargo, posiblemente del ayuntamiento, que pretendía bajar hacia donde aún había peligro tratando de anteponer su cargo político a la seguridad. Mientras era expulsado casi a empujones del lugar, yo descendía por las mismas escaleras hacia los andenes; a diferencia de esa persona, yo era alguien invisible que acudía altruistamente a ayudar, no a hacerme ver buscando notoriedad. Una vez en el andén, el horror que allí se percibía no lo abarcaba la vista: debía de sortear cuerpos desmembrados para poder llegar con las mantas que me quedaban hasta el pequeño hospital de campaña que acababan de montar; allá donde mirase veía un brazo, una cabeza, un tórax o cuerpos aparentemente enteros tendidos inertes sobre el andén en inverosímiles posturas… y en la vía, los restos de un tren con su panza abierta, de cuyo interior humeante aún brotaba y era visible la sangre de quienes habían encontrado allí una injusta, cruel y arbitraria muerte, debida a la sinrazón de un egoísmo fratricida propio de cualquier grupo terrorista para quienes la vida ajena no cuenta, sólo el seguidismo fanático a un ideal absurdo e irracional. Lo sabía bien, ETA llevaba en España demasiados años matando. Teníamos aún guardado en nuestra mente lo sucedido en las torres gemelas de Nueva York en 2001 y cada sonido que se oía, cada tono de móvil que sonaba de fondo, cada crujido, nos ponía en alerta obligándonos a abandonar a la carrera los andenes hacia una zona descubierta por el miedo a que otra bomba detonase y nos enterrase para siempre junto a los cadáveres de la primera explosión. Tras haber sido atendidos y sacados de allí los heridos, el cometido consistía en reunir las partes desmembradas que encontrásemos, con el cuerpo del que se suponía que habían formado parte en vida, para así facilitar el trabajo de identificación de las víctimas y con ello poder dar un mínimo consuelo a quienes llorarían su ausencia. Tras varias horas en el lugar, marchaba de allí con un semblante circunspecto y sombrío que, con el tiempo, se fue corrigiendo y con unos recuerdos que permanecerán para siempre almacenados en ese rincón de la memoria desde el que afloran las pesadillas. Mi teléfono móvil no funcionaba y me detuve en una cabina telefónica cercana a la estación mientras iba de camino a realizar otras gestiones laborales inaplazables, pero que había aparcado para estar donde debía; tenía que llamar a mi domicilio en Valladolid, desde donde sabía que estaban viendo en las noticias lo que sucedía al igual que yo mismo no podía en 2001 despegar la mirada de los noticiarios cuando aquellos atentados de Nueva York. A diferencia de entonces, en esta ocasión yo estaba dentro del escenario. Ya en comisaría y mientras diferentes fuentes aportaban más datos, supe que la de Atocha no era la única explosión, y que había asistido al peor atentado terrorista de la historia de mi país, empezando a barajarse una autoría islámica como plausible. Si tres años antes pude ver el atentado de Nueva York como espectador por la televisión incapaz de levantarme del sofá que me enganchaba por lo irreal de lo que estaba sucediendo, del atentado del 11M tardé tiempo en poder ver por la televisión las imágenes, no quería revivir esos recuerdos guardados. No quería ver las manipulaciones, las entrevistas amarillistas a las que se prestaron algunos que allí estuvieron para darse autobombo, personal e institucional, a causa de la desgracia ajena. En mi opinión hay que ser una fuerza invisible que actúa cuando se la necesita y, cuando la necesidad termina, se debe volatilizar para confundirse de nuevo con el asfalto de la ciudad. Esa es la virtud que hoy se ha perdido. Por suerte en aquel año los teléfonos móviles aún no eran esos ordenadores portátiles que llevamos todos hoy día en el bolsillo y la mentalidad de las personas que allí estábamos no era la que hoy día nos lleva a pensar primero en grabar antes de ayudar o en hacer la foto en lugar de huir.

    Aquella noche salí a correr por un cercano parque a mi domicilio en un pueblo en la falda de la Sierra de Guadarrama, abrigado por los árboles y las tenues luces de las farolas, por el que me limité a dar vueltas hasta que mi cronómetro señaló el final del tiempo que previamente había marcado como entrenamiento. Mientras yo trataba de exhalar lo vivido esa mañana soltando los demonios que empañaban mi mente, hubo por toda España innumerables y a buen seguro bienintencionadas concentraciones de repulsa y apoyo a las víctimas, que fueron rápidamente secuestradas por indignos personajes que vieron en el brutal atentado que acabábamos de vivir, una oportunidad para emerger del estercolero moral en el que habitan y cubrir con la putrescencia que exhalan a una sociedad voluble ante la masacre vivida, una masa social maleable ante el primer demagogo que levantara la voz cuando el respeto exigía un silencio digno.  Lúgubres fantasmas flotaron por mi cabeza esa noche. A la mañana siguiente volví a acudir al trabajo sin haber dormido y, dos días después, aún con el olor a sangre en el uniforme, vigilaba el colegio electoral que me correspondió y allí mismo me enteré de madrugada del cambio de gobierno en el país, celebrado con incredulidad por los representantes del partido que logró la sorpresiva victoria electoral.

    Alguien dijo una vez que, si algo es aceptado por la mayoría de la sociedad, seguramente sea falso. Creo que fue George Bernard Shaw quien apuntó que "El hecho de que una opinión sea compartida por muchos no es prueba de que no sea completamente absurda". No lo sé. Pero estos sucesos me mostraron la doble cara del periodismo y la política que, en base a ideologías personales o institucionales, nos daban informaciones contradictorias sobre la autoría o las causas, y en las que la institución a la que por aquel entonces llevaba casi diez años perteneciendo, y de la que hoy día casi siento vergüenza, no era inocente tampoco al estar ya viciada por el miasma de la política emergente.

    Entre mis ideales no está el defender a unos u otros, la experiencia nuevamente me ha dictado una cosa: Que aquello que sabemos por los medios de comunicación de masas no es la realidad de lo que allí sucede, sino una serie de recortes de la verdad, unidos de manera que casen con un fin determinado por la ideología o intereses de quien lo cuenta.

    También el tiempo me ha hecho crítico con lo que se nos quiere vender como verdad absoluta y por ello me sitúo más en el lado de quien se ve atacado por la propaganda oficial de los numerosos grupos de manipulación que se apoyan y alimentan de nuestra sociedad.

    Lo que sucedió en España tras los atentados de Madrid fueron episodios que deberían de avergonzar a toda una nación que, a día de hoy, aún no sabe quién fue el principal responsable de la masacre. Se encauzó de manera aviesa a una sociedad aún convulsa por los hechos acaecidos esa semana para criminalizar a quien de manera más o menos certera gobernaba en ese momento, convirtiéndola en una masa fácil de manipular tras el atentado, volcando de esa forma un resultado electoral en el que los sondeos, hechos días antes, daban la victoria al partido que estaba en el gobierno.

    España cambió el rumbo, nuevos tiempos, nuevos actores. pero la misma podredumbre moral nos han ido empequeñeciendo aún más. Sigo esperando el valor de quienes, a día de hoy, 22 años después, siguen callando mientras la gangrena continúa, si es que poseen algún rasgo de humanidad, carcomiendo su alma.

 

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