bienvenida de nuevo, primavera!

 

    Hoy he escuchado trisar a la primera golondrina que, con sus alegres notas, parece dar por finalizado el invierno mientras vigila desde el tejado el aparente jugueteo de los colirrojos ejecutando danzas que, en su particular semiótica, no son otra cosa que enfrentamientos territoriales. No voy a permitir hoy que la zoosemiótica se inmiscuya en el ideal tan humano de naturaleza virtuosa, tierna o amable, sólo quiero disfrutar de ello sin pensar, dejarme llevar por la música de la balada sin que la amarga letra me aflija; ya vendrán otros momentos donde la realidad me atormente. Un herrerillo se posa un instante en la aún vacía, pero siempre espinosa, rama del rosal, huyendo enseguida ante el incesante ajetreo de los colirrojos sobrevolando las primeras margaritas y dientes de león que florecen en el prado.

    El día me invita a acercarme al cielo para despedir la jornada sumergiéndome en el crepúsculo y hacia sus confines me dirijo. Camino por el bosque salvando rampas que se me hacen imposibles. ¿Será ya siempre así? ¿Volveré algún día a revivir esos años donde mis piernas, en alianza con mi corazón, allanaban cada cuesta, nivelaban cada repecho y suavizaban cada escarpe que afrontaba hasta amansarlo? Sea como fuere, el panorama que contemplo es lo único que dulcifica el ascenso, pero mi mente no está aún metida de lleno en el paisaje, en el entorno. Decía Thoreau “De nada sirve que mis pasos me lleven al bosque si mi mente se queda en la ciudad” y en efecto, la beldad que ansío admirar parece anular a la belleza que contemplo, pero es una luz pasajera en mi camino que decidió no quedarse a mi lado y en esa oscuridad trato de sobrevivir, sin dejar de disfrutar del sonido del arroyo que discurre oculto por el robledal con la braveza de la estación, del martilleo del picapinos sobre el roble o del alegre trinar del carbonero mientras el sol declina. Algo que antes saboreaba en soledad pero que hoy quisiera compartir, no ser yo solo quien custodie este tesoro, pero tampoco hacerlo con cualquiera. Con ella, sólo con ella, y no conformarme con sentarme, como hoy hago, junto a la sombra que deja su ausencia.

    Mi paseo llega a su cénit. No al pretendido, pues mi actual condición física no lo permite, sino a otro paraje que me había propuesto en un arranque de sensatez donde, aunque el panorama no sea tan grandioso como el codiciado, al menos sé que el sol quedará frente a mí hasta esconderse tras el horizonte dentado de la montaña palentina. Me siento a esperar junto a mis fantasmas a que el sol baje a acariciar las montañas y deslice su brocha por el lienzo del horizonte. El valle se apaga mientras la cordillera que cierra el horizonte, aún vestida con su traje invernal, se ilumina con los matices que el cielo impone ante el apremiante descenso del sol poniente y su promesa de oscuridad. El coro de aves entona su canto al crepúsculo y el desnudo robledal dibuja la silueta de su sombra como dedos que se tratan de aferrar a la luz al tiempo que se deslizan por la tierra tratando de alcanzar mi propia sombra, mientras el sol desaparece y se transubstancia en un arrebol opalescente y ambarino sobre el horizonte.

    Cuando el silencio empieza a adueñarse del entorno y la luz comienza a escasear, empiezo a descender entre el fantasmagórico robledal mientras mis propios fantasmas acuden en procesión silente para reagruparse junto a mi sombra, tras esos minutos de tregua en los que cedieron su asedio para permitirme gozar del panorama que sólo la naturaleza más pura ofrece.

    Ahora es el cárabo el que impone su voz y, en el suelo, a escasos metros, pero oculto por el velo de la noche, el sapo partero también protesta con su rítmico tañido. En el valle es el zorro quien lúgubremente emite su quejido al verse sorprendido por mi silueta, un gañido tan cercano que enciendo la linterna y enfoco hacia el lugar donde mi oído lo sitúa.  Allí logro ver dos puntos iridiscentes mirándome fijamente durante unos segundos hasta que súbitamente se apagan y el prado vuelve a entonar el silencio de la noche. Bienvenida de nuevo, primavera.

 

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